Cuaderno de Mozambique
Alex Martín




En agosto del año 2000 me destiné voluntariamente como médico cirujano  a la población de Changara, en la provincia de Tete. Esta se encuentra a unos 1500 Km de la capital mozambiqueña, Maputo.

Habiendo estado -desde que me licencié en 1998- prestando servicios de Atención Primaria en el local de la ONG Karibu (Amigos del pueblo africano), me urgía trabajar sobre el terreno, estar en contacto directo con la gente africana en su entorno, aportar el granito de arena que me corresponde como ser humano para intentar paliar las vergonzosas injusticias que se dan en esta sociedad y que diariamente percibimos. Gracias a que Karibu me pagó parte del pasaje de avión, pude finalmente llevar a cabo el viaje.

Ya desde el aire Mozambique es hermoso, con chocitas desamparadas y baobabs por doquier, y mucha, mucha tierra. Podían apreciarse también extensas zonas aun anegadas por las aguas debido a las entonces recientes inundaciones.

La capital es realmente grande, con zonas de anchas avenidas como cualquier ciudad europea (hay que recordar que el país fue un tiempo colonia portuguesa). El aire y la gente es lo único que los diferencia. Pero me encantaron particularmente los barrios de viejos caserones con aspecto de aristocracia decadente, que había también en gran número.

Al día siguiente de mi llegada a Maputo tomé un avión que me llevó a la provincia de Tete en menos de dos horas. En el aeropuerto me recibieron dos entrañables monjitas –sin hábitos--, María y Mari Cruz, que llevan años viviendo allí.

María, después de mucho trajinar, me consiguió un permiso para poder visitar el hospital provincial y para poder ejercer poco después en Changara como médico.

El hospital provincial se compone de varios pabellones, a cual más deteriorado y falto del mínimo equipamiento médico por la escasez de recursos. Sus interiores son un auténtico inframundo, en donde la miseria humana campa a sus anchas. Sin embargo, aun me esperaba el espectáculo tristísimo del hospital de Changara.

A Changara llegué  tres días después, alojándome entonces en casa del padre Alberto. Este se hallaba de gira en esos momentos, así que no lo conocí sino hasta más adelante. Con más de cuarenta años trabajando en Africa, resultó ser todo un personaje: ojillos claros y traviesos detrás de unas gruesas gafas, unos oídos que requerían ya escuchar la radio a todo volumen y una increíble capacidad de acción. Muy nervioso, siempre se le veía trotando de un sitio a otro, montando y desmontando gente y cachivaches en la parte trasera de su Land Cruisier, con el que recorría pueblos y aldeas sin importarle el tipo de terreno por el que había de transitar. Tanto él como María y Mari Cruz se desvivieron por mí en todo momento y respetaron siempre mi laicismo.

Mi primera noche en el pueblo la aproveché para conocer el entorno. Me senté en la terraza de un par de bares (les llaman aquí banca) y la verdad es que me divertí bastante porque los niños, curiosos, se arremolinaban siempre a mi alrededor y se morían de risa ante la mínima tontería que se me ocurriese hacer.
En casa del padre Alberto también se alojaban dos italianos, Claudio y Christian. Claudio es operario de una fábrica de plásticos en su provincia natal, Verbania, y Christian se dedica a transportar leche en un camión, también en Verbania. Son amigos desde hace años. Con ellos habría de vivir momentos  entrañables, muy especialmente por su gran sentido de la solidaridad y la justicia social.

Como en tantísimas áreas del mal llamado Tercer Mundo, la población de Changara y los alrededores enferma y muere como consecuencia directa de la pobreza histórica que les afecta, y que se manifiesta de inmediato a nivel de alimentación e higiene. La falta de proteínas, minerales y vitaminas esenciales hace estragos sobretodo en los niños, muchos de los cuales padecen por ello serias afecciones de la vista, el crecimiento y el desarrollo cognoscitivo, aparte de hacerles infinitamente más vulnerables ante enfermedades de muy diversa índole.

Mi actividad como médico consistía en atender pacientes en el pequeño hospital por las mañanas, mientras que por las tardes recibía a niños y adolescentes en un pequeño consultorio próximo a la casa del padre Alberto.
Algunos de los casos concretos que pude atender en el hospital me demostraron hasta qué punto el haber llevado conmigo algo de medicación y material quirúrgico básicos aliviaría su inmerecido sufrimiento. Cuando conocí a Lourenço, paciente HIV+ de unos cuarenta años (aunque aparentaba muchos más), prácticamente no podía levantarse de su camastro. Presentaba una erupción cutánea generalizada con ulceraciones sobreinfectadas y una importante afectación neuromuscular. Era una persona alerta, despierta, perfectamente lúcida, plenamente consciente de su aspecto y de su situación, pero de una fortaleza interior tan impresionante que jamás le oí queja alguna. Poco antes de marcharme de Changara, se le podía ver andando por el pueblo, con la ayuda de un bastón, pero sensiblemente mejorado.

Otro caso muy gratificante de atestiguar por la buena evolución que tuvo fue el de una niña de unos cuatro años de edad que llegó al hospital con quemaduras de segundo grado en cara y manos. Gracias a la medicación y al material de curas que pude transportar a Mozambique, las heridas sanaron en un tiempo relativamente corto. La verdad es que eran  frecuentes los casos de personas que llegaban con quemaduras de mayor o menor consideración. Tanto para ellos como para muchos pacientes con afecciones dermatológicas de etiología infecciosa dicho material hizo maravillas.

Algo similar ocurrió con la medicación y el tratamiento que pude administrarle a Lucía, paciente HIV+ de veinte años de edad que había ingresado con diarrea crónica y neumonía. Su mejoría fue espectacular. Como anécdota reseñar que me había fijado en que su capulana (tela estampada que se enrolla sobre cadera y piernas, y que emplean las mujeres en lugar de falda) estaba visiblemente deteriorada.  Yo había adquirido una para regalar a mi vuelta a Madrid, pero decidí dársela a Lucía. ¡Cuánto me alegré de haberlo hecho! Su sorpresa y su alegría fueron inmensas.

Con veinticuatro años de edad y hermosa como una princesa africana, a Modi, que como mínimo diagnóstico tenía el de malaria, prácticamente no tuve tiempo para atenderla. Provenía de una aldea tribal de la provincia de Tete y era muy callada por lo general. Cuando se dirigía a mí lo hacía en su lengua nativa, como dando por hecho de que yo la entendía perfectamente. Tenía enormes y apacibles ojos, el pelo muy corto y un andar digno y esbelto que en parte hacía pasar desapercibidos su importante esplenomegalia y el edema de sus tobillos.

El caso de Francisco me afectó profundamente.  Paciente HIV+ de nueve años de edad con desnutrición crónica severa, ascitis y parasitosis intestinal, era sólo ojos, inmensos pero apagados, sobre un cuerpecito de huesos y piel que había de sostener un abultado abdomen siempre en tensión. La ascitis le causaba mucho sufrimiento, de modo que aunque habría supuesto un grave riesgo de infección por la incapacidad de cicatrización por parte de su organismo, quizá finalmente hubo que practicarle una paracentesis para aliviarle. No estuve el tiempo suficiente en Mozambique para saber lo que finalmente se decidió llevarse a cabo.

Personalmente quizá lo más terrible fue el constatar que Francisco me había considerado su salvación, su única esperanza cuando comencé a trabajar en el hospital, pero que se iba dando cuenta perfectamente, según pasaban los días, que ni siquiera  yo, el médico extranjero, podía hacer nada por él. La gravedad y lo avanzado de su enfermedad, amén de la falta de medios, eran la realidad del caso, y los cuidados que pude darle fueron sólo de índole paliativo.

Una jornada que me resultó especialmente desconsoladora fue un día en que trajeron al hospital a un paciente grave por malaria, cuyos familiares habían tenido recluído en su casa durante tres días, tras salir de la cárcel. Al llegar tenía ya una tensión arterial de 7/5. Di instrucciones a la auxiliar para que trajera suero glucosado y cloroquina. Para cuando volvió, el paciente acababa de sufrir una parada cardiorrespiratoria, tras pasar por edema agudo de pulmón. No disponíamos de bomba de oxígeno, nitroglicerina o morfina, y mis intentos por reanimarlo fueron en vano. Sólo pude certificar su muerte. Como si no fuese bastante, a los pocos minutos moría un bebé prematuro y ya durante la noche otro más. Seguramente los bebés habrían podido sobrevivir si hubiésemos contado con sondas nasogástricas del calibre adecuado, aparte de incubadoras.

Vi llorar a la madre del primero de los prematuros aquel día. Lo hacia de forma silenciosa. El terrible vacío y desconsuelo que sentía podía palparse en la atmósfera de la habitación que compartía con otras pacientes.

Los días en que el hospital de Changara no disponía de leche en polvo –lo cual se daba con relativa frecuencia--, los pacientes se quedaban sin recibir su ración de LOA (mezcla de leche con algo de aceite y azúcar), incluídos los niños. Sus familiares, que suelen complementarles esa dieta con otros alimentos, se entristecen mucho en esas ocasiones, ya que son demasiado pobres como para llevarles algo de leche. Medio litro de leche fresca pasteurizada recuerdo que costaba entonces, al cambio, unos 67 céntimos de dólar.

La mayoría de la población mozambiqueña es pobre, incluyendo los habitantes de las aldeas, que en principio podríamos creer que serían autosuficientes. En realidad es muy probable que lo fuesen si las condiciones son modificadas: es el sistema el que los hace pobres.

En Tete pude ver muchas personas afectadas por la polio. María tiene contacto con dos de ellos, zapateros remendones que llevan largo tiempo luchando para que las autoridades les faciliten un pequeño local para poder guardar sus herramientas y trabajar en unas condiciones mínimamente dignas.

Numerosos son también los ciegos aquí. Se les puede ver sentados en las aceras, mendigando, mientras hacen sonar un instrumento parecido a las maracas. Para poder andar lo hacen precedidos por una persona que hace de lazarillo. Me topé en una ocasión con una familia entera de ciegos mientras comían en la acera.

Conocí en Tete a un grupo de monjas católicas que compartían una misma casa. Una de ellas, de origen portugués, la hermana Freitas, dirige un orfanato en las afueras de la ciudad. Tiene a su cargo alrededor de 42 niños y niñas, hijos de la guerra o de padres víctimas del sida. Los niños pueden alimentarse relativamente bien, vestirse de modo mínimamente digno y también estudiar, al margen de disponer de un “hogar”. Lo más triste, cuando fui a visitarles, es que pude ver que dormían en camastros sin colchón, porque el orfanato no disponía de dinero suficiente para adquirirlos. Al igual que hice en el caso de los niños ingresados en el hospital de Changara, a estos otros también pude llevarles pequeños juguetes y útiles escolares, objetos todos muy humildes y cotidianos para nosotros, pero que para ellos suponía todo un regocijo.

Como en general me ocurre en casos similares, un punto en el que suelo expresar mi desacuerdo es el hecho de que los beneficiados, en este caso los niños del orfanato, estén sin embargo siendo convertidos a una religión, a una fe y unos ritos que les son foráneos, corriendo entonces el peligro de olvidarse o de no conocer ni identificar sus propias y auténticas raíces.

En una ocasión me llevó el padre Alberto consigo a tres aldeas de las inmediaciones de Changara: Kapimbi, Gora y Nashinanga. El tenía que decir misa en las dos primeras, mientras que yo aprovecharía en general para aportar ayuda médica en caso necesario. Sólo en Kapimbi fue necesario utilizar medicación, lo cual fue una suerte, ya que toda la que traía la agoté allí. Se trataba sobretodo de personas que padecían infecciones bastante avanzadas a nivel de piel y mucosas.

El recorrido que tuvimos que hacer a bordo del Land Cruisier para llegar a las distintas aldeas fue todo un espectáculo, con un firme irregular y acompañado en muchas zonas por vegetación tan tupida que en ocasiones prácticamente creaba un túnel a nuestro alrededor. En un punto en concreto el camino lo flanqueaban dos baobabs situados a cada lado, frente a frente. A pesar de ello, la mayor parte de Changara y alrededores es, por el contrario, de tierras muy secas.

En Changara el sol poniente es fascinante. Bien delimitado, rojo y enorme. La luna suele situarse muy pronto alta en el firmamento y recuerdo que reflejaba anaranjada el fuego del sol, intentando además igualársele en dimensiones. Fueron hermosos los momentos que pasé a esas horas junto a Christian, Claudio y varios de los niños y adolescentes del internado estatal adyacente a la casa del padre Alberto. Charlábamos en una especie de “italoportuñol” medianamente comprensible para todos, si bien las más de las veces nos quedábamos en silencio disfrutando de la mutua compañía.

Durante el tiempo que estuve en Mozambique pensé muchas veces en lo extraño que iba a resultarme estar de vuelta en una sociedad del Primer Mundo (?) como es la española, o la occidental en general, con sus intereses mezquinos, egoístas e insolidarios. Menos mal que tampoco es tan infrecuente el número de los que piensan y actúan de forma diametralmente opuesta en este tipo de sociedades. Sin embargo, y por añadidura, es increíble constatar cómo la globalización económica y el pensamiento único pueden llegar hasta el último rincón del planeta. Esto podría quedarse en una mera anécdota, pero cuando ves a un niño con sida y desnutrición crónica que lleva puesta una camiseta con el logotipo de Batman, la globalización adquiere entonces tintes macabros, de la más auténtica y despiadada crueldad. Y los adquiere también cuando el poseer un humilde paquete de galletas María casi representa un signo de categoría social.

Volví a Madrid físicamente muy agotado por lo prolongado del viaje, y emocionalmente muy cargado de impresiones, algunas de las cuales he intentado transmitir en estas líneas.

Si bien me alegré de estar de vuelta, a veces tengo aun la impresión de que en realidad soy un residente de Changara que está de paso por aquí.