Valoración del impacto social del ecoturismo

Soc. Melania Nuñez, Coordinadora de Proyectos

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La orientación de programas de desarrollo, a escala regional y local, se ha venido enfocando cada vez con mayor fuerza en el concepto de sostenibilidad, propuesta que toma fuerza a partir de la década de los 70, y apunta a la valoración de aspectos intangibles y por ende no cuantificables, de los recursos con que cuenta un territorio para solventar las necesidades por la subsistencia de grupos humanos.
El eje del modelo de desarrollo que se promueve actualmente trasciende la búsqueda de crecimiento económico, para fomentar programas y proyectos tendientes al mejoramiento en la calidad de vida de las personas, no solo hoy sino en el futuro, siendo este uno de los pilares del concepto de sostenibilidad.

Las nuevas alternativas de dinamización económica y social son promovidas desde muchas instancias, con diferentes grados de ingerencia en las prácticas de los sujetos sociales que a fin de cuentas, deben implementar dichas propuestas y darles un sostén real, lo cual plantea un gran reto a la teoría y a las buenas intenciones, pues es aquí donde topamos de frente con la barrera que implica una visión de mundo donde la identificación con el espacio ocupado ha dejado de ser un factor constructor de identidad.

 

El espacio físico que ocupamos, ha llegado a valorarse como fuente de recursos, con un interés inmediatista y apegado a mecanismos tradicionales de explotación y ganancia. Ahora la urgente necesidad de revertir procesos de agotamiento de recursos y de alteración de las condiciones de equilibrio del medio, moviliza esfuerzos en múltiples ámbitos. Uno de ellos, y que enraíza en el mercado turístico, se relaciona con la promoción de productos caracterizados por el contacto con la naturaleza, y con formas de vida donde el paradigma consumista y competitivo queda en segundo plano.

La década de los 90 en Costa Rica experimenta una reorientación creciente de las campañas de promoción turística hacia el concepto de ecoturismo, lo cual evidentemente se refleja en el incremento de la oferta de este tipo de establecimientos y actividades, en el ámbito interno. Al contemplar el impacto real que se puede asociar con esta actividad, se plantea la necesidad de abordar dos perspectivas diferentes: una relacionada con la capacidad de articulación de poblaciones locales a las alternativas específicas, en términos económicos y de relaciones sociales en general; y otra que vuelve la vista hacia el sector consumidor del producto ecoturístico, cuyo ámbito de acción trasciende la frontera física del espacio visitado.

En el primer caso es importante destacar el esfuerzo sostenido que han manifestado diversas organizaciones locales, al punto de constituirse en modelos de desarrollo basados en alternativas ecoturísticas y de colaboración entre diferentes agrupaciones, donde se pretende diversificar las líneas de trabajo de cooperativas, asociaciones de productores agrícolas, grupos vinculados con el turismo y con promoción social; y a la vez se debe reconocer el comportamiento errático que han presentado muchas iniciativas locales que, de una orientación que inicialmente se centraba en el contacto con la naturaleza, han derivado en modelos de explotación intensivos donde leve y progresivamente se alteran las condiciones naturales del medio para adaptarlas a las expectativas de comodidad del turista y al interés de ganancia del empresario local.

Estas opciones se caracterizan por plantear desarrollos de pequeña escala, con densidades bajas o medias, donde se combina el atractivo natural de una zona con instalaciones y actividades complementarias (alojamientos rústicos, mariposarios, serpentarios, senderos), e inclusive ha llegado a articularse la promoción de identidades culturales, mediante la reproducción de prácticas tradicionales (preparación de comidas, artesanías o rescate del lenguaje, por ejemplo) y finalmente, que sin proponérselo, llegan a constituirse en algo más que un espacio para descanso y relajamiento, o de reto para los amantes de las aventuras.
 

Se trata de modelos alternativos de desarrollo turístico que trasciende (sin obviarlo) el papel de mero artículo de consumo para habitantes de urbes sobre pobladas y cubiertas de cemento, cansados del estresante ritmo de vida de la sociedad industrializada. Constituye un acercamiento a una modalidad de relación con el entorno, una posibilidad de articular la satisfacción de las necesidades de subsistencia con el acceso a un ambiente sano, donde las dimensiones ambiental, social, cultural y económica se equilibran. Y es aquí donde se debe valorar el impacto de este modelo turístico, en los consumidores.

Se puede decir que Costa Rica, al apostarle al ecoturismo y reforzar la dimensión cultural, se convierte indirectamente en vendedor o promotor de visión de mundo, pues asume el papel de preservar las condiciones para mostrar a otros países, a otras sociedades, una alternativa ante la irracionalidad del consumo y el excesivo materialismo que parece constituirse en el credo de las nuevas generaciones; por lo tanto en reproductor de una nueva forma de relacionarse con el medio, un sujeto activo en la construcción de un futuro, supuestamente deseado por todos, pero cuya viabilidad práctica es promovida por pocos.

La apropiación, por parte de las diferentes instancias vinculadas con la actividad, de este valor agregado, puede reforzar la identidad del producto, al promover el factor cultural, no solo en el sentido de objetos y prácticas exóticos, sino en la educación social, el aprendizaje de nuevos modelos de vida y de relaciones sociales, y maximizar el impacto generado por la actividad, tanto para los que la desarrollan como alternativa productiva como para aquellos que la consumen.
 

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