Sodepaz

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
Buy books online

El hombre contra el hambre

E-mail Imprimir PDF
Ernesto Montero Acuña*
(PL).- Especialistas internacionales calculan que por cada punto porcentual en el ascenso de los precios de los alimentos, las personas que sufren desnutrición se incrementan en 16 millones, principalmente en los paí­ses pobres. El fenómeno no se debe al metafóricamente llamado "fantasma del hambre", sino al desarrollo desigual de las naciones por motivos de evolución histórica, y a las diferencias económicas y sociales entre las personas en numerosos paí­ses.
Así­, el crecimiento de los carentes de esenciales medios de subsistencia ha sido notable en el año que concluye, en cifras que la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) y la de Cooperación y Desarrollo Económico (OCDE) avizoran en aumento, al menos durante la década en curso.
En su informe conjunto del 4 de julio de 2007, ambas organizaciones consideraban que "la creciente demanda de biocombustibles está provocando cambios sustanciales en los mercados agrí­colas que pueden empujar al alza los precios de diversos productos agrí­colas a nivel mundial".
Esto no era lo único que analizaban en sus Perspectivas Agrí­colas 2007-2016, pues señalaban adicionalmente que factores coyunturales como la sequí­a en las zonas productoras de trigo y el bajo nivel de las reservas explican también en gran medida las recientes subidas en los precios de los productos agropecuarios.
Para ambas instituciones, "en un análisis a largo plazo se observan cambios estructurales en curso que podrí­an originar precios nominales relativamente altos para muchos productos agrí­colas durante la próxima década", lo que está afectando ya a todos los pobladores de bajos ingresos.
No obstante, insistí­an en que "más importante es el uso creciente de cereales, azúcar, semillas oleaginosas y aceites vegetales para producir sustitutos de los combustibles fósiles", como etanol y el llamado biodiesel, apuntalando los precios cerealeros e, indirectamente, los de los piensos y productos ganaderos.
Basándose en el anuncio del presidente George W. Bush el 23 de enero de 2007, en su discurso sobre el Estado de la Unión, la FAO y la OCDE estiman que en Estados Unidos se duplicará la producción anual de etanol obtenido a partir de maí­z, en el perí­odo comprendido entre los años 2006 y 2016.
También consideran que en la Unión Europea la cantidad de semillas oleaginosas, especialmente las de colza destinada a biocombustibles (sic), pasarí­a a la vez, de poco más de 10 millones de toneladas, a 21 millones en igual perí­odo.
De acuerdo con el citado informe, los precios más elevados de los productos agrí­colas son motivo de preocupación para los paí­ses importadores netos y también para la población urbana pobre en todo el mundo, situación en la que incide negativamente, como se observa, la fabricación de los agrocombustibles.
Sobre estas bases, han concluido que los altos precios de las materias primas para estos carburantes benefician a los productores, pero significan a la vez costes suplementarios y menores ingresos para los campesinos que las necesitan para la alimentación de su ganado.
Tal es su apreciación sobre un problema que se acrecienta, concomitantemente con la crisis económica-financiera, las adversidades ecológicas y la desproporcionada y desigual demanda entre los paí­ses ricos y pobres, sin excluir otros factores condicionantes adversos.
Se aprecia una mayor conciencia este año, sin embargo, acerca de que la causa esencial del problema se encuentra en producir para las utilidades y no para las necesidades humanas, una base sobre la cual las soluciones energéticas serí­an racionales y beneficiosas para todos.
La Revolución Energética impulsada aún más durante el 2008 en Cuba y en otros paí­ses de la región, principalmente en Bolivia y Venezuela, entre los pioneros, posee la integralidad de ser beneficiosa desde los puntos de vista ecológico, económico, social y de desarrollo en el uso de la energí­a.
El estadounidense Instituto Internacional de Investigación de Polí­tica Alimentaria estima que, al ritmo de crecimiento actual de los programas de biocombustibles, el valor del maí­z ascenderí­a 26 por ciento para el 2020, un estimado que podrí­a elevarse hasta el 72 por ciento de duplicarse la producción de aquellos.
La institución deriva de lo anterior la alarmante expectativa de que por cada punto porcentual de ascenso en el í­ndice mundial de precios de los alimentos en general, unos 16 millones de personas adicionales podrí­an sufrir desnutrición, un hecho que siembra alarma en dependencias de Naciones Unidas.
El director general de la FAO, Jacques Diouf, solicitó el pasado dí­a 6 al presidente electo de Estados Unidos, Barack Obama, que convierta la erradicación del hambre en una prioridad de su agenda y patrocine, en el primer semestre de 2009, una Cumbre Mundial sobre la Alimentación.
Afirmó, en su mensaje de felicitación al nuevo mandatario, que su paí­s deberí­a contribuir así­ a "lograr un amplio consenso común sobre la eliminación definitiva del hambre en la Tierra".
El directivo senegalés de la FAO considera que la mayor conciencia sobre el destino de los 923 millones de personas hambrientas como resultado de la actual crisis alimentaria y financiera ha creado "una oportunidad especial para una iniciativa de este tipo".
Para él, "la Cumbre debe conseguir 30 mil millones de dólares anuales para construir y desarrollar infraestructuras rurales e incrementar la productividad agrí­cola en el mundo en desarrollo; en particular, en los paí­ses de bajos ingresos y déficit alimentario, con el objetivo de doblar a producción".
Estima que así­ se contribuirí­a a garantizar "la seguridad alimentaria para una población mundial que se espera alcance nueve mil millones de personas en el 2050", aunque siembra incertidumbre la perspectiva actual de las enormes cifras de dinero para paliar la creciente demanda de los financistas globalmente en crisis.
Según Diouf, "el encuentro deberí­a igualmente sentar las bases para un nuevo sistema de comercio agrí­cola que ofrezca tanto a los campesinos en los paí­ses desarrollados como en los paí­ses en desarrollo la oportunidad de ganarse la vida decentemente", se supone que sin subsidios ventajosos para los del Norte.
No hay duda de que en este año, en ví­speras de concluir, se ha extendido el consenso acerca de que Estados Unidos y Europa han hecho subir los precios de los alimentos al destinar grandes porcentajes de sus cosechas de maí­z y de otros cereales a la fabricación de los indebidamente llamados biocombustibles.
Acerca de ello, la mayor conciencia se inició desde cuando Fidel Castro calificó de "idea siniestra", el 28 de marzo de 2007, el propósito del presidente Bush de avanzar rápido en una legislación propuesta por su gobierno para ordenar el uso de 132 mil millones de litros de "combustibles alternativos" para el 2017.
Y en los primeros meses de 2008 avanzaban las crí­ticas acerca de que "para reducir el cambio climático se está condenado al hambre a millones de personas del tercer mundo", asumiendo con reticencia uno de móviles fundamentales aducidos por los promotores de los agrocombustibles.
Cada año mueren 3,5 millones de niños por malnutrición, algo que podrí­a agravarse por los referidos aumentos de precios en los alimentos y la crisis, si la comunidad internacional y el paí­s mayor impulsor de los carburantes agrí­colas no asumen racionalmente sus polí­ticas para el 2009 y los años posteriores.


La actual crisis económica y financiera inició su expansión por los créditos "subprime" en agosto de 2007, aunque sus manifestaciones se evidenciaban ya desde la guerra por dominar el Oriente petrolero, el impulso a los agrocombustibles para la industria automovilí­stica y los gastos en uso y desarrollo de armamentos.
Se concebí­an como medidas anticrisis y de apuntalamiento para el gobierno republicano del impopular George W. Bush, quien, de manera contradictoria, habí­a recibido un refuerzo con el derribo de las Torres Gemelas, en buena medida por su manipulación antiterrorista.
En adición a los agrocombustibles, los alimentos devendrí­an un negocio tentador para las empresas trasnacionales dedicadas a estos rubros, cuyos precios se elevarí­an en el mercado gracias a su demanda como materia prima energética y a la consiguiente disminución relativa de la oferta.
Esto fue calificado por Fidel Castro de "idea siniestra", lo que marcó un punto de viraje en el impulso de este propósito económico y energético que en el 2008 ha sido crecientemente cuestionado en amplios sectores polí­ticos, cientí­ficos e intelectuales, aunque sus impulsores lo mantengan como objetivo prioritario.
Para ellos, los resultados son redituables, pues entre marzo de 2007, mes en que George W. Bush se reunió con empresarios de la industria automovilí­stica, e igual mes del año en ví­as de concluir, los precios del maí­z se elevaron en el 31 por ciento, influidos por su utilización como materia prima para carburantes en Estados Unidos.
Como efecto asociado, las estadí­sticas de la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) revelan que los del arroz, la soya y el trigo se incrementar on en el 74, el 87 y el 130 por ciento en el mismo perí­odo, sin que se evidenciara ninguna mejorí­a climática ni social, a pesar del empeoramiento alimentario.
Ello condujo a que muchos exclamaran, a lo largo de 2008, que lo más injusto es que los paí­ses menos contaminantes, los menos desarrollados y, por tanto, los menos responsables de dicho cambio climático, son los que tienen que pagar las consecuencias creadas por los más contaminantes.
Ban Ki-moon, secretario general de la ONU, consideró entonces que "la dramática escalada de los precios de los alimentos en todo el mundo nos ha llevado hacia un desafí­o sin precedentes de proporciones globales, que se ha convertido en una crisis para los más vulnerables del planeta".
Si se tiene en cuenta que los precios de alimentos básicos como el arroz, los cereales, el aceite y el azúcar son, al menos, el 50 por ciento más altos que el año pasado, se podrá inferir que la cifra de desnutridos, enfermos y fallecidos por esta causa también ha tenido un ascenso apreciable.
Esto, sobre la base de que el estadounidense Instituto Internacional de Investigación de Polí­tica Alimentaria estima que por cada punto porcentual de ascenso en el í­ndice mundial de precios de los alimentos, unos 16 millones de personas adicionales podrí­an sufrir desnutrición.
Una simple operación aritmética revela que sólo la cantidad de desnutridos se elevarí­a, según el alza referida, en 800 millones de seres humanos, una cifra que quizás no aparezca claramente registrada en las estadí­sticas, pero que sí­ ofrece una base para razonamientos bien encausados.
Ki-moon añadió en sus consideraciones que "además del incremento del precio de los alimentos, observamos que al mismo tiempo los agricultores en los paí­ses en ví­as de desarrollo están sembrando menos, produciendo menos, debido a los altos costos de la energí­a y de los fertilizantes".
Medios de prensa infieren que a largo plazo la ONU busca el fin de los subsidios agrí­colas, que "distorsionan el comercio", y de las medidas para hacer frente al daño a la producción alimentaria causado por el cambio climático.
Entre febrero y abril de 2008, el aumento de los precios del arroz se mantuvo elevado, en el 75 por ciento, el del trigo, en el 120 y estimados similares se produjeron en otros productos básicos como la soya, el maí­z, el aceite, la leche, la carne y varios más.
El Banco Mundial exhortó a sus miembros, por ello, a intervenir rápidamente para evitar la propagación de un cataclismo alimentario, pues la duplicación de los precios de los productos básicos durante los últimos tres años "podrí­a hundir más profundamente en la miseria a 100 millones de personas" en los paí­ses pobres.
En este último perí­odo, sólo el precio del trigo se elevó en el 181 por ciento, hecho revelador de que no se trata de cifras por daños climáticos temporales o situaciones financieras eventuales, sino por una progresión a la que influye de forma determinante la iniciativa de los agrocombustibles.
El Fondo Monetario Internacional (FMI) estima que "los precios de la alimentación, si siguen como ahora", conducirán a consecuencias terribles. El 14 de abril pasado, también Ban Ki-moon exclamó: "Como aprendimos en el pasado, este tipo de situaciones termina a veces en guerra".
En la misma fecha, el relator especial de las Naciones Unidas para el Derecho a la Alimentación, Jean Ziegler, advirtió en Los biocombustibles, un crimen contra la humanidad, que el mundo se encamina "hacia un largo perí­odo de motines", basándose en las explosiones sociales ocurridas entonces en no menos de 37 paí­ses.
Consideró como mayores culpables las polí­ticas desastrosas del FMI, al "dumping" agrí­cola de la Unión Europea en África, a la especulación bursátil internacional sobre las materias primas, influida por los llamados biocombustibles; al gobierno de Estados Unidos y a la Organización Mundial del Comercio.
Sobre esta situación mantienen su absoluta vigencia las precisiones de Fidel Castro, el 28 de marzo de 2007:
"Hoy se conoce con toda precisión que una tonelada de maí­z sólo puede producir 413 litros de etanol como promedio, de acuerdo con densidades, lo que equivale a 109 galones.
"El precio promedio del maí­z en los puertos de Estados Unidos se eleva a 167 dólares la tonelada. Se requieren por tanto 320 millones de toneladas de maí­z para producir 35 000 millones de galones de etanol.
"Según datos de la FAO, la cosecha de maí­z de Estados Unidos en el año 2005 se elevó a 280,2 millones de toneladas.
"Aunque el Presidente hable de producir combustible a partir de césped o virutas de madera, cualquiera comprende que son frases carentes en absoluto de realismo."
La producción de maí­z en Estados Unidos presentarí­a un déficit de casi 40 mil millones de toneladas para elaborar los galones de etanol impulsados por la Administración Bush, la totalidad de ella se sustraerá de sus numerosos fines alimenticios y, obviamente, se elevarán en consecuencia sus precios en los mercados.
Ello sin contar que en el 2008 se experimenta una baja en la producción del grano en la Unión Americana, por factores climáticos.
Como cada año mueren 3,5 millones de niños por malnutrición, en los 10 años previstos para sustituir los 132 mil millones de litros (35 mil millones de galones) de combustibles en Estados Unidos, fallecerí­an 35 millones de menores en el mundo, sin contar que, al ser superiores los precios, el número de ví­ctimas se incrementarí­a por efecto de la demanda.
Habrí­a que añadir a estos, bajo la misma perspectiva, los 16 millones de desnutridos por cada punto porcentual de elevación en los precios de los principales rubros alimenticios.
La comprensión de estos factores contribuyó en el presente año a una mayor conciencia de que los agrocombustibles son la punta del iceberg constituido por las mayores cuotas de ganancia, pero no una solución de vida en las condiciones actualmente dictadas por Estados Unidos y otros paí­ses desarrollados.
Quizás en el 2009 se comprenda aún mejor que se debe producir para el hombre, no para el hambre.
*Especialista en temas globales y de integración latinoamericana.

La creciente crisis económica y financiera actual se refleja ya sobre la situación alimentaria en el mundo, asociada a factores como el climático y el energético, y estimula preocupaciones en organismos internacionales, en polí­ticos y en especialistas.
A inicios de noviembre de 2008, la Organización de Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) alertó en Roma acerca de que la actual crisis mundial afectará negativamente a los sectores agrí­colas de una numerosa relación de paí­ses, mayoritariamente del llamado mundo en desarrollo.
El dí­a 6 de este mes, la prensa internacional reflejaba que la que se suele llamar "crisis financiera" --aunque también sea económica-- se produjo después de "una fuerte alza registrada en el precio de los alimentos" a partir del 2006, diagnosticada en su momento por la FAO y la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico.
Ahora, la primera de estas instituciones considera que lo anterior tiene implicaciones para los mercados agrí­colas internacionales y para los sectores correspondientes en los paí­ses en desarrollo, según la reciente edición de su semestral Panorama Alimentario.
De acuerdo con el boletí­n, que virtualmente cierra el año con esta edición, el impacto de la crisis económica-financiera se percibirá en los paí­ses en desarrollo en el nivel macro y tendrá efectos potencialmente negativos sobre el sector agrí­cola y sobre la seguridad alimentaria de las personas.
Esto se reflejará tanto en la oferta como en la demanda. En el caso de la primera, por la reducción del dinamismo productivo como consecuencia del decrecimiento económico de los productores; en el de la segunda, por la merma en la capacidad adquisitiva de los consumidores.
De ahí­ que la denominada crisis financiera se acreciente cada vez más como recesión económica gravitante sobre los poseedores de menores ingresos, una cifra que estadí­sticas no oficiales han situado por encima de la mitad de los casi seis mil 800 millones de habitantes del planeta.
La FAO augura que lo que denomina baja del ritmo de crecimiento económico afectará la demanda internacional de productos, en particular de las materias primas y de los rubros ganaderos, aunque hasta ahora estima un impacto más limitado para renglones básicos como el arroz.
Añade también que, unido al impacto directo de tasas más bajas en el crecimiento del producto interno bruto, la incertidumbre prevaleciente y las consiguientes expectativas de mercado negativas podrí­an afectar aún más la demanda, de por sí­ ya dañada por los inflacionarios precios anteriores, especulativos y elevados por los agrocombustibles.
El documento refleja que la agricultura mundial se está enfrentando a problemas y desafí­os serios y de largo plazo que requieren atención urgente, entre los cuales se encuentran las "restricciones en cuanto a tierras y agua y la reducida inversión en infraestructura".
La propia institución, en su balance sobre El estado mundial de la agricultura y la alimentación 2008, valora desfavorablemente las consecuencias del rápido crecimiento de la producción de los que denomina "biocombustibles", derivados de productos agrí­colas básicos.
"La expansión de los biocombustibles lí­quidos", considera, "ha sido provocada en gran parte por las polí­ticas de los paí­ses desarrollados, basadas en una previsión positiva de los efectos de sus esfuerzos orientados a la mitigación del cambio climático, la seguridad energética y el desarrollo agrí­cola".
Pero a renglón seguido expone que "la creciente demanda de productos básicos agrí­colas para la producción de biocombustibles está teniendo importantes repercusiones en los mercados agrí­colas, mientras que aumentan las preocupaciones acerca del efecto negativo para la seguridad alimentaria de millones de personas en todo el mundo".
Al mismo tiempo añade que las consecuencias medioambientales de los biocombustibles están siendo sometidas a estudios más detallados. Pero diversos analistas en instituciones, incluidas las de Naciones Unidas, consideran que el efecto climático serí­a más negativo que los hipotéticos resultados energéticos.
Hacia finales de 2007, también la cátedra libre de Soberaní­a Alimentaria de la Universidad Nacional de La Plata, en Argentina, estimaba que "lo que está en juego es una alianza entre los capitales transnacionales" relacionados con el agronegocio.
Entre ellos relacionaba "las petroleras, que quieren disminuir la dependencia del petróleo de paí­ses considerados enemigos; las automotrices, que quieren seguir con su patrón de producción de transporte individual para mantener sus ganancias; y las multinacionales del agronegocio, como Cargill y Monsanto, que quieren seguir monopolizando el mercado mundial de productos agrí­colas".
Publicaciones internacionales y páginas web se hací­an eco, en abril de 2008, de que "las poblaciones del Tercer Mundo, asfixiadas por un sistema económico irracional e insostenible, expresan su rabia en todos los continentes", al extremo de que más de 37 paí­ses de África, Asia y América Latina", con 89 millones de habitantes, estaban afectados "directamente por la crisis alimentaria".
Por entonces no se incluí­a la elevación de los precios del maí­z en Estados Unidos, debido a bajas en la producción por razones climáticas, pero también por su uso en la producción de los agrocombustibles.
"La soberaní­a alimentaria es un derecho inalienable de los pueblos", publicó el profesor, escritor y periodista francés Salim Lamrani, el 24 de abril pasado. A ello añadí­a con indudable alarma: "No existe otro más importante. La pobreza y el hambre no son fatalidades sino consecuencias directas de un sistema económico inhumano y destructor que viola el derecho a la vida de los desheredados del planeta".
"Por esta razón", proseguí­a, "es urgente establecer una moratoria inmediata sobre los biocombustibles so pena de hacer frente a un auténtico genocidio. Esta producción es insostenible desde el punto d vista moral, polí­tico y social. La especie humana está en ví­as de autodestruirse.
"Es más urgente que nunca poner término a esta enloquecida carrera hacia el Apocalipsis", aseguraba. De tal modo los hechos corroboran, infortunadamente, que están "condenados a muerte prematura por hambre y sed más de tres millones de personas en el mundo", como auguraba Fidel Castro el 28 de marzo de 2007.
A ello añadí­a: "No se trata de una cifra exagerada; es más bien cautelosa". Por lo pronto, otros augurios consideran que por cada uno por ciento de elevación en los precios de los referidos alimentos básicos, la cantidad de desnutridos aumenta en 16 millones y que cada año mueren 3,5 millones de niños por malnutrición.
Por tales razones el hambre no es un fantasma, como a veces se asegura metafóricamente, sino una realidad cotidiana, amenazante y creciente hasta tanto el hombre no logre vencer totalmente las condiciones que la provocan.

*Especialista en temas globales y de integración latinoamericana.

 

Red social