3
de septiembre de 2004 (viernes)
Tres meses de preparativos, de ilusión y de nerviosismo. Ya había llegado la hora de emprender un viaje que se prometía inolvidable, como así fue. A las 22.30 del jueves 2 de septiembre ahí estábamos, cinco chicas (Susana, Noelia, Mariví, Olga y yo), compartiendo en el aeropuerto de Barajas la emoción por lo que se avecinaba. Por delante, 12 horas de vuelo para conocernos y, por qué no, para dormir. Pisamos suelo mexicano a las 6.30 de la mañana hora mexicana, a las 14.30 hora española. Después de pasar por emigración, sellar el pasaporte, recoger un papelito que habría que entregar a la salida del país y traspasar el pertinente control con luz verde y roja, conocimos a Jesús, un hermano de Adrián, que llevaba ya horas esperando nuestro aterrizaje. En su pequeño coche no cabíamos, así que tres de nosotras cogimos un taxi (180 pesos) y tomamos rumbo a la sede de la Limeddh, en la avenida Azcapozalco 275. Colonia Clavería. Como Distrito Federal es inabarcable, los taxistas están materialmente incapacitados para conocer cada una de las calles de una ciudad donde viven más de 20 millones de habitantes, distribuidos en casas bajas que hacen que su extensión resulte aún más exagerada. Tuvimos que ser nosotras, con las indicaciones que antes habíamos anotado, las que dirigiéramos al conductor. ¡Cómo si fuera tan fácil orientarse en una ciudad desconocida y cómo si resultara sencillo, de primeras, los nombres de las cosas! Demasiadas palabras tienen juntas las consonantes TL, de difícil pronunciación.
Mi primer recuerdo de DF fue la contaminación brutal que tienen que sufrir a diario sus habitantes. Se respiraba humo y, más con el atasco que nos recibió la ciudad. No en vano, cerca de 10 millones de vehículos sortean cada día las calles de esta ciudad, de los que 150.000 son taxis autorizados y otros tanto se les puede considerar ‘piratas’ (los escarabajos que no llevan un raya verde pintada en la matrícula). El viaje en uno de esos taxis blancos y amarillos fue largo, pero pronto nos acostumbraríamos a esas distancias descomunales. Al llegar a la Limeddh, Adrián Ramírez, su presidente, y Malena, la mujer de éste, nos recibieron de forma muy afectiva y cariñosa. Sin embargo, ellos tenían una reunión en la sede de la Comisión nacional de los Derechos de los Indígenas (CDNH) y sus prisas impidieron que el recibimiento fuera más sosegado.
Ellos se fueron y, tras las pertinentes llamadas a casa para decir que el viaje había salido perfecto, nos dirigimos en metro a la Comisión, en Barranca del Muerto, donde habíamos quedado con Adrián y Malena a las 12.30 horas. El metro resultó ser un medio de transporte muy rápido y aparentemente seguro, además de barato (dos pesos), bien radiado y muy cómodo de entender.
Asistimos como oyentes a la reunión sobre la Ley de Amnistía y nos pudimos ya imbuir de los problemas, graves, a los que se enfrentan los indígenas. Y es que los indios mexicanos son los grandes perdedores de una subasta de privilegios en la que nunca participaron. Esa frase se me vino a la cabeza nada más comenzar a hablar el responsable de la Comisión. Inició su intervención explicando lo qué entiende por amnistía: Un acto legislativo que olvida uno o varios actos delictivos, extingue las acciones penales y las sanciones impuestas. Implica perdón y borra toda huella jurídica del delito. Es una medida de gracia. Si el perdón es total queda libre de toda responsabilidad, si por el contrario el perdón es parcial se suspenden las consecuencias.
Adrián
intentó en su primera intervención que la Comisión reconociera
que la amnistía no es un perdón, sino un olvido penal. A continuación
se explicó la diferencia entre amnistía e indulto. La primera
la decreta el Legislativo para todo un colectivo, mientras que el indulto es
un acto que corresponde al Ejecutivo y se otorga a título individual.
Bueno realmente la reunión fue toda una clase teórica de derecho, con unos conceptos que no controlo y mucho menos después de haber mal dormido en el avión. Quizá sea mejor que no transcriba alguna de las notas que en su momento escribí para no liar. Lo que sí me quedó claro es el compromiso del Gobierno de que cinco de los presos de Loxichas salgan de la cárcel de Oaxaca antes de que finalice 2004 ¿Será verdad? Lo dudo.
Nos sobrecogieron las palabras de impotencia que Juan Sousa, un ex preso de Loxichas, dirigió ante los asistentes. Demasiada rabia contenida. Ese hombre, de bigote cuidado y aspecto impecable, fue detenido el 15 de julio de 1999 en Oaxaca " por elementos policíacos que no se identificaron" , Sin mostrar ninguna orden judicial fue " violentamente" conducido a una cárcel clandestina y sometido " durante 25 días a torturas físicas y psicológicas" para obligarle a que se declarara culpable de participar en hechos relacionados con el EPR (Ejército Popular Revolucionario). Pero era totalmente ajeno. Fue obligado a firmar y poner sus huellas digitales en " cientos de hojas" . Eso sólo fue un avance. Días después tuvimos oportunidad de hablar largo y tendido de su situación y de la de los presos de Loxichas que aún siguen en el penal.
También participó Jessica, la responsable de la Limeddh en Oaxaca, una joven mujer con las ideas muy claras y con fuerza para desarrollarlas y defenderlas delante de quien sea. Es abogada y está volcada de forma desinteresada en el caso de los presos de Loxichas.
Impotencia, rabia, desesperación. Cómo no sentir todas esas sensaciones cuando se ve que los políticos, engominados y trajeados, tratan con indiferencia y burla unos problemas que están condicionando la vida de miles de indígenas y les están abocando al subdesarrollo en un país hipotéticamente democrático y desarrollado que se codea con sus ‘amigos’ los americanos como si realmente el juego fuera igualitario. Regresamos a la sede de la Limeddh pasadas las cuatro de la tarde. A esa hora comimos, charlamos un poco con Adrián y Malena, y me fui a casa de Begoña, una amiga mía de la etapa universitaria que lleva desde hace dos años viviendo en DF. Tendría, además, allí la oportunidad de ver por fin a mi amigo Francis y a su mujer, que se han pasado dos años viviendo en Guatemala y a los que no veía desde su boda.
4 de septiembre (sábado)
El
segundo día de estancia en México fue plenamente turístico.
En la parada de metro Indios Verdes tomamos un autocar que nos transportó
hasta las pirámides de Teotihuacan; sí el mismo lugar idílico
donde ahora EEUU quiere expandir su poder e instalar un gran centro comercial.
Dos mariachis nos amenizaron el viaje con su acordeón y su guitarra.
Mientras en el exterior se sucedían las barriadas apiladas en las laderas
de los cerros próximos a DF. Viviendas humildes, depósitos de
agua en los tejados, banderas y más banderas mexicanas por todos los
lados… Tomamos una ‘ronda de cuota’ y en pocos minutos llegamos
a las pirámides. La primera que nos recibió fue la impresionante
del Sol. Caminamos dos pasos y me llevé la sorpresa de que dos compañeros
de profesión de Valladolid (José Luis y Rosa) estaban allí
al pie de la mole de piedra. Entre risas entrecortadas y comentarios ascendimos
los cientos de escaleras que nos separaban de la cumbre. La subida fue cansada,
pero menos de lo que me pensaba viéndola desde abajo. Además los
escalones eran mucho más cómodos y menos empinados que los que
había visto antes en fotografías de Chiche Itza, en la Ribera
Maya.
La visita a las pirámides nos llevó varias horas porque era mucho lo que ver y, sobre todo, mucho más lo que sentir. Vendedores de artesanía nos asaltaban en busca de pesos, dólares o euros. Imposible subir a la pirámide de la Luna, menos impresionante que la anterior pero asentada en un entorno más armónico. Un guardia impedía el paso, supuestamente, porque estaban realizando excavaciones en el interior y la seguridad no era total. Al fin nos encontramos con los amigos con los que habíamos quedado el día anterior y nos fuimos a comer a la Gruta, una ‘turistada que bien merecía una visita.
Sobre
las 19 horas regresamos a la Limeddh. El tequila de bienvenida llegó
en ese momento, la plática con Adrián sobre nuestro viaje, el
objetivo de él y los temas que nos íbamos a encontrar, también.
Nos indicó que a los dos días saldríamos para Puebla y
que conoceríamos la granja de avestruces, la misma que tan intrigadas
nos tenía. Nos puso en antecedentes sobre Gabriel, el propietario de
la granja, y de su habilidad para extraer todo de ese animal. Con el cascarón
de los huevos hace todo tipo de artesanías, la carne la vende e incluso
realiza aceites con su grasa. La idea con la que trabajan es rescatar el proyecto
y tratar de implantarlo en otras regiones, a través de la búsqueda
de alguien que apoye esa pequeña empresa. Su deseo es que funcione como
una cooperativa en la Sierra de Zongolica y en las Huastecas. Nuestro objetivo
sería, por tanto, ver si en las comunidades podría trasladarse
ese proyecto u alguno similar. Siempre con la idea de que nosotras no podíamos
comprometernos a nada que no pudiéramos cumplir.
Adrián nos aleccionó sobre las respuestas que tendríamos que dar durante todo el viaje si nos preguntaban por el objetivo de la brigada: Venimos a conocer la otra cara de México. Una ONG de España, que colabora con la Limeddh, ofrece viajes a precios baratos para convivir con las comunidades, conocer su entorno, su belleza cultural, su forma de vida. Ese fue el mensaje. De lo que nos quería prevenir Adrián es que nosotras como turistas no podemos, por ley, inmiscuirnos en política. Hacerlo supondría correr el riesgo de la deportación. Cabría la posibilidad, como ocurrió en julio y en agosto, que nos encontráramos con periodistas curiosos muy interesados en conocer cuál era el objetivo que nuestra estancia y a ellos debíamos mentirlos de alguna forma. ¡Pobres periodistas!
Nuestra siguiente parada en Puebla sería la Casa de Estudiantes Emiliano Zapata de Puebla (CEEZ), una especie de albergue donde residen indígenas con bajos recursos. Es una verdadera alternativa de estudios para aquellos hijos de obreros, campesinos e indígenas que de otra manera no tendrían opción de estudiar. Sin embargo, como son " fuentes de concienciación" , el Estado les amenaza con desalojarlos. Es la última casa de estas características que queda en Puebla.
Con el presidente de la Limeddh hablamos de la contraconcepción forzosa. A las mujeres, según comentó, no les hacen estudios ginecológicos. De hecho, los médicos llegan a una comunidad las revisan y les aplican métodos anticonceptivos sin su consentimiento. " Algunas han muerto sin conocer que tuvieran colocado un DIU" . Y es que, como recordó Adrián Ramírez, el Gobierno se empeña en mentalizarles de que la familia chica es lo mejor, cuando lo que realmente están haciendo es un " genocidio" . " Quieren extinguir una raza" . A algunas las engañan con burdas artimañas: " Sí, te cuido al niño siempre que te pongas el DIU" . El problema es, en opinión de Adrián, que " lo cotidiano se cotidianiza y deja de ser relevante" .
Nuestra misión sería " visitar, escuchar y reflejar" . Escuchar a las mujeres, a los hombres, a los niños, y recoger sus denuncias, una vez que les insistiéramos, eso sí, en que la planificación familiar es una fórmula muy útil pero siempre que prevalezca su decisión sobre el número de hijos que desean. La red de monitores de derechos humanos que se está estableciendo, aún demasiado reducida y con muchas limitaciones, anota los datos de la denuncia y se lo comunica a la Limeddh, quien, como organización, puede investigar.
Conocimos de primera mano el contenido de los programas Progresa, Procampo, Procede, Oportunidades, planes que el Gobierno utiliza " para disgregar, para desunir, porque no todos los pobres lo reciben o no siempre la misma cuantía" . Adrián comentó que la política del Gobierno de Fox se podría definir como de " claros y oscuros", pero si se suma lo bueno y lo malo " la balanza se desequilibra hacia lo malo" .
La consigna era clara. Primero recalcar sobre la importancia de la organización, después hablar de la bondad de que ellos, los indígenas, emprendan acciones en cooperativa, y promover y fomentar el trabajo de los monitores de derechos humanos. La defensa de la igualdad entre hombres y mujeres y el derecho a decidir libremente, sin coacciones, completarían los cinco pilares en los que deberíamos sustentar nuestras pláticas. Siempre tratando de hacer preguntas indirectas para que no se cohibieran y fueran realmente sinceros.
Concluida esta primera toma de contacto, las cinco, más Adrián padre y Adrián Carlos, nos fuimos en metro hasta el Zócalo. Por fin tendríamos la oportunidad de pisar el centro de DF. Septiembre es el mes patrio y los mexicanos, muy patrióticos ellos, estaban de fiesta. En el escenario que ocupaba la parte más próxima a la Catedral, un ‘galansote’ acaparaba la atención de los miles de mexicanos que, bajo paraguas, ocupaban toda la gran plaza. Rancheras y a bailar, que no todos los días se está en DF escuchando ese tipo de música y viendo como ellos se divierten. Había que integrarse.
La siguiente parada sería Garibaldi. Nos habían hablando mal de esa plaza porque el ambiente de las calles aledañas es, como dirían por allá, " un tanto pesado" . Pesado lo era. De hecho, si no nos hubiera acompañado Adrián, quizá nos habríamos dado la vuelta a mitad de camino. Por suerte continuamos porque la diversión estuvo garantizada, pese a la lluvia intermitente.
Los mariachis ofrecían sus servicios y la gente aceptaba por un módico precio que entonasen una canción a su madre, a su novia, a su marido… La lluvia se hizo más persistente y nos refugiamos en el templete central, donde escuchamos apretujados una decena de canciones, mientras unos niños, colocados por esnifar pegamento, intentaban acceder al lugar. La imagen me sobrecogió. La había visto en varios documentales y reportajes, pero verlo allí me entristeció. Lo peor fue presenciar el trato y el desprecio con el que les trataban algunas de las personas que borrachos se reían de ellos. Me vino a la mente en ese preciso momento las palabras de Adrián: " lo cotidiano se cotidianiza" . Qué lástima y qué dura realidad.
A la 1 de la madrugada me encontré, por fin, con mis amigos españoles con los que proseguí la fiesta. En el taxi de regreso a casa de Begoña y Jacobo fuimos seis personas más el conductor. Impensable en España.
5 de septiembre (domingo)
Xochimilco
(tierra de flores) nos esperaba en este segundo día de turismo. De la
parada de Refinería nos dirigimos a Trasqueña, la última
de la línea azul, muy lejos, donde subimos en un tren ligero hasta ese
pueblo característico por sus 180 kilómetros de canales y por
el colorido que imponen las barcas (trajineras). Este es un lugar donde los
mexicanos de DF celebran sus cumpleaños o donde pasan un día en
familia. Pocos turistas nos encontramos, aunque para ser sincera no los vimos
durante toda nuestra estancia en el país. Al poco encontramos el primer
embarcadero y tomamos la trajinera Carmelita, adornada con papeles de colores
en sustitución de las tradicionales flores.
1.000
embarcaciones estaban preparadas para ‘surcar’ los cinco kilómetros
del canal principal, además de las que
pertenecen a los pobladores de la zona. Atascos inverosímiles impedían
avanzar más deprisa. Nuestro barquero, Ramón, nos iba explicando
por dónde íbamos. A ambos lados de los canales existían
casas edificadas con tierra y troncos, que sufrían las filtraciones por
tener tan cerca los lagos. Hace muchos años, este lago debió estar
unido con el Zócalo de DF; eso fue antes de que se desecara el casco
histórico de la ciudad. El canal estaba en apariencia sucio, si bien
el barquero nos aclaró que la suciedad visual se debía exclusivamente
al lodo del fondo.
Durante las más de dos horas que duró el paseo tuvimos ocasión de que nos tocaran varias canciones unos mariachis, podríamos haber comprado flores, arbolitos, de todo. Por 225 pesos comimos las cinco sobre la embarcación, michote de cordero, marimbo.
Concluido el viaje nos dirigimos al museo de Dolores Olmedo Patiño, donde pudimos contemplar por primera vez la obra de Frida Kahlo y su marido Diego Rivera. De allí al Zócalo y vueltas por la ciudad. La Alameda, Bellas Artes, la plaza de la Revolución, el monumento a la República, el restaurante Sambor, donde Zapata desayunó una vez. A casa y a preparar el equipaje para irnos al día siguiente a Puebla.
6
de septiembre (lunes)
El
paisaje cambió a los pocos kilómetros de dejar DF y la contaminación
excesiva dio paso al azul intenso del cielo y a las nubes perfectamente maquilladas
de blanco. Puebla sería el destino. Salimos de DF a las 12.20 horas en
un autocar de la compañía ADO, en el metro San Lázaro. Dos
horas más tarde llegamos a la estación de autocares de Puebla y
tras hacer una llamada por el ‘celular’ a Roberto, del comité
independiente de Derechos Humanos, nos vino a recoger. De nuevo, el coche El
viaje fue de lo más interesante. José Luis sería del primer
hombre del que dijéramos ¡qué maravilla! Nada más
montarnos en el escarabajo –luego llegarían más viajes en
este gracioso coche- entramos en materia. Nos habló de los policías
judiciales, a los que definió como " delincuentes comunes"
. " Cuantos más antecedentes tenga, mejor policía será"
. Según José Luis, los sueldos de los ‘polis’ son
muy bajos, pero están " llenos de oro por los chantajes a los que
someten a los mexicanos con todo tipo de artimañas" .
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La conversación
dio un giro en el instante en que vimos por primera vez el volcán Popocatépetl,
o Gregorio como lo llaman sus convecinos. Le llevan comida, música y
mezcal para que no haga sus " graciosas" , es decir para que no entre
en erupción. " Creen más en esos favores que en el Gobierno"
. La carretera hasta San Nicolás de los Ranchos es aceptablemente buena
si no te fijas bien en los agujeros que de vez en cuando se abren en el asfalto.
José Luis nos da la explicación de esta infraestructura. "
Los vulcanólogos dicen que el volcán tiene actividad y el Gobierno
ha construido la carretera para evacuar rápido a sus habitantes"
, pero no se lo cree. Opina que la vía es una fórmula que utiliza
el Gobierno para tenerlos vigilados. " Desde la conquista está activo,
ya los españoles bajaban el azufre de allí arriba para fabricar
pólvora" . Con esta impresionante estampa frente a nosotras, José
Luis nos narra la historia de la bandera mexicana. ¿Leyenda o realidad?
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En ese momento
llegamos a la plaza de San Nicolás de los Ranchos y nos despedimos, muy
a nuestro pesar, de José Luis, que tenía que ‘regresarse’
a Puebla para asistir a una reunión. Mariví y yo custodiamos las
mochilas en el suelo de la plaza hasta que llegaron nuestras compañeras
con Roberto. Tardaron bastante porque tuvieron que coger tres autocares diferentes
para hacer un recorrido que no duraba, en línea recta, una hora escasa.
Las
cinco, encabezadas por Roberto, nos dirigimos a casa de Gabriel, médico
y propietario de la granja de avestruces, que se ubicaba en el pueblo de San
Pedro Yancuitlalpan, separada por una calle de San Nicolás de los Ranchos.
El salón de la casa era recogido y limpio, el resto de la vivienda, diferente.
En un primer momento, Gabriel se mostró un tanto distante, pero en poco
tiempo la amabilidad y hospitalidad que caracteriza a los mexicanos salió
a relucir. No nos estaba esperando y eso hizo que al principio se sintiera sorprendido
por nuestra presencia. La razón: La comunicación no siempre fluye
entre organizaciones como sería de esperar.
Ahí tomó el relevo de la conversación Gabriel, un hombre con barba grisácea, pelo recogido en una pequeña coleta, de baja estatura pero de gran conciencia social, de lucha y con unos principios inamovibles. En el salón de estar de su casa platicamos toda la tarde, toda la noche. Eran tantas las historias y tan escaso el tiempo que pasaríamos con él, que había que estrujar las horas. Su hija nos sirvió la cena y un exquisito chocolate.
El se hace respetar en su localidad y recurren a él sus vecinos. " No se fían de los Gobiernos y recurren a mí, que les hago incluso de juez. Prefieren venir aquí a las autoridades" . " Nosotros aclaramos dudas a la gente de Puebla, porque no conocen la Constitución ni los Derechos Humanos (DDHH). No tenemos ninguna organización política detrás. No defendemos a los delincuentes, sólo cuando las autoridades se exceden, ya sean militares o campesinos. No hay cultura de DDHH" . La Educación que les presta el Gobierno es mínima. Gabriel nos comenta que ya se han enfrentado tres veces con los estatales y dos veces con el ejército a punta de pedradas y machetazos. Nos les importa que estalle la guerra porque " ya sacaron a los militares dos veces" . El Gobierno tiene miedo de que se levanten, ya lo han hecho tres veces. La última llegaron con 600 estatales y 200 perros y regresaron con tres carros de " puros heridos" . Los paramilitares también están infiltrados en la organización y saben quienes son los subversivos y los priístas. Han pegado a las gentes que piensan diferente" , señala, aunque precisa que esta lucha " es espontánea" , que no están organizados. Hablamos sobre el POPO y aseguró que con el pretexto de las bocanadas se están militarizando los pueblos, incluso desmantelaron un albergue de niños para acondicionarlo como cuartel. " Que estén los militares quiere decir que están haciendo una política de espionaje" , comenta Gabriel, quien añade que el 10 de abril de 1994 también surgieron aquí grupos a favor del subcomandante Marcos. En ese momento comenzó, según él, la tarea de espionaje, ¿Cómo? " Preguntando a los niños si sus padres tienen armas, dónde están y les dan dinero a cambio" . De hecho, Gabriel está vigilado. Nada más salir de casa, ya lo saben los paramilitares, que compran enfrente de su casa tortillas y se quedan para vigilar quien entra y quien sale. No preguntan directamente sino a la gente. Durante nuestra estancia en la casa, también nos sentimos vigiladas. A la expectación por nuestra presencia se unió el ir y venir de vehículos militares. Para Gabriel, el problema que subyace es que " 80 millones de los 103 millones de habitantes del país son pobres. 43 millones de extrema pobreza y el Gobierno teme a las ONG" . " No decimos mentiras, lo dicen los informes estatales. No tenemos subsidio internacional ni nacional" . El 90% de las ONG, en cambio, sí reciben subvenciones y " están con el Gobierno" , lamenta mientras explica que los partidos dan favores a gente para comprar a los líderes. " Cuidado con el Gobierno, que empieza con los favores y luego regresa para cobrárselo. Hasta el momento no hemos pedido favores y la gente nos ha creído. También el Gobierno nos respeta y sólo quiere que él actúe como interlocutor" .
Pasamos a hablar de la agricultura y nos aseguró que, aunque " el bosque es del pueblo" , los caciques " emborrachan a los dirigentes para que firmen avales que les permitiera talar" . " El pueblo sólo tala para uso doméstico y ellos quieren explotar el bosque. Han agarrado a gente inocente que ha cortado unas ramas cuando hay taladores que talan incluso de noche" . Contó 500 árboles talados en tres días. Esa tala " indiscriminada" está produciendo estragos en la población. No llueve porque están talando y si no llueve sus ríos se secan. Gabriel no cejará hasta que se paralice la tala, nos avisa.
El siguiente punto de nuestra conversación versó sobre los cambios que ha experimentado el país con la llegada de Fox, y la respuesta fue clarificadora. " Es mentira que el Gobierno de Fox dé oportunidades, es la misma gata que en los pasados 70 años" . Como ejemplo, cita que en San Pedro el 70% de la población son mujeres y niños, porque los hombres emigran a EEUU y ya no regresan. " Hay mucha fuga de información y eso teme el Gobierno" . Para Gabriel, los medios de comunicación son cómplices de lo que ocurre en el país. " Sólo saben lo bueno de México pero hay que ir a la cruda realidad. Los proyectos son sólo para los burgueses" y el Gobierno tiene el lema de que " cuanto más se destruya el núcleo mejor, cuanto más dividan al pueblo, mucho mejor" . Fox ha buscado, en su opinión, la forma de infiltrarse en las familias en las que hay luchadores sociales. En ellas, intenta desunir a la familia y si aún así permanece unida, comienza por los hijos para que se enfrenten a sus padres" .
¿Cómo se puede generar empleo? La misión de los defensores de los derechos humanos es desarrollar proyectos productivos. Realizar análisis de los recursos naturales que tiene cada comunidad. Ahora el proyecto es crear granjas integrales: avestruces, gallinas, conejos, un invernadero, deshidratación de carne, de fruta. " Aquí se da mucha fruta, nuez, pera, manzana, capulín, pero sólo un 30% va al mercado y un 70% se usa para los animales o se tira" . Tiene en mente dar formación a sus convecinos, enseñándoles a procesar la fruta, hacer almíbar, mermeladas... porque " ahora desperdician el jugo en el río para hacer pistacho mexicano" . " No hay educación para dar valor agregado a los productos" , a lo que se añade los bajos precios en el mercado y a que la lluvia (o mejor dicho su ausencia) les está dando ‘en la torre’. Mantiene, aún así, la esperanza de que la granja integral prospere este año. ¿Cooperación internacional? Hay diez países que colaboran –Japón, Inglaterra, Canadá…-, dando dinero a fondo perdido. Sin embargo, " con el libre comercio se impuso que para crear una fundación se necesitaba la unión de 20 organizaciones, una unión muy difícil de lograr en esta zona" , sostiene Gabriel. Esa fundación sería la encargada de solicitar el dinero a la embajada, pero " los lazos más cercanos al poder agarran el dinero" . Por ejemplo, " los programas Procampo de Fox se van a Monterrey" porque dicen: " ¡Como le voy a dar a un indio un semental!, si se lo va a comer; mejor se lo doy a un ganadero" . Este médico, que no ha querido enriquecerse como sus amigos porque está en contra de hacerlo a costa del sufrimiento de otros, pasa consulta en su casa de forma altruista y es un activista defensor a ultranza de los derechos humanos. Tiene 43 años y seis hijos. Es, como él mismo se define, un ‘todólogo’. Místico y guerrillero. Buen comunicador y mejor luchador. Para quien iba buscando ver la imagen ‘romántica’ del subcomandante Marcos, escuchar a Gabriel decir que " el zapatismo ha sido un fraude para el pueblo" fue todo un mazazo. Gabriel no habló del encarcelamiento de su hijo y oírle decir que " en la lucha hay mártires" , " que el mundo es de los valientes" y que " quiero a mis hijos, pero fuera están mis otros hijos" , nos supuso todo un escalofrío.
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Para culminar
esta conversación maratoniana visionamos un documental que aún
guardo en mi retina y en mis oídos. La matanza de Aguas Blancas.
Nos dimos perfecta cuenta de que " la impunidad es total" . Los militares
asesinaron a sangre fría a 19 campesinos cuando viajaban en la parte
trasera de un camión. Sin dejar de grabar ni un instante, se oye una
voz que ordena a los militares ¡corten! que venía a significar
que cargaran contra los indefensos campesinos. Y bien que cargaron. La matanza
se produjo en 1985 y fueron muchos más los heridos y los que tuvieron
que hacerse los muertos para que una bala no les atravesara. Impactantes secuencias
e impactantes sonidos que se me grabaron en el recuerdo. Después de ese
documental llegaron otros, pero a mí desgraciadamente el sueño
me pudo. Dormimos los seis –se había sumado Adrián Carlos
a nuestra expedición- en el salón de la casa. Al día siguiente
estaríamos con los avestruces y Gabriel proseguiría con la explicación
de su proyecto.
Tras
dar un breve paseo por el pueblo y acercarnos a la plaza para contemplar más
de cerca el Popo, desayunamos huevos con jamón para irnos a visitar la
granja de avestruces. En el desayuno, Gabriel y yo intercambiamos impresiones
sobre el machismo y la diferencia entre libertad y libertinaje de las mujeres.
Para él no hay ninguna y no hubo manera de hacerle cambiar de opinión.
Ahí Gabriel ahondó en el tema de su proyecto y nos explicó
con todo lujo de detalles los beneficios que ofrece una granja de avestruces.
Su mujer lo debe saber muy bien porque estaba de viaje, junto a " gente
del Gobierno" , los enemigos de Gabriel, por Europa para promocionar un
proyecto que aún está en ciernes. Los lazos comerciales que ha
establecido su mujer son tan amplios y tan bien articulados que le llueven los
pedidos. Toneladas de carne, cientos de huevos decorados, polluelos... "
Pero si de momento sólo tengo 14 avestruces" , se quejaba Gabriel
un tanto desesperado por la " buena relaciones públicas" de
su esposa y porque " esté empezando el negocio por arriba y no por
abajo" . " En dos años podríamos abastecer, pero ahora
no" . La situación resultaba cómica si no fuera porque a
Gabriel no le hacía ninguna gracia.
Toda una clase magistral sobre los avestruces y sus múltiples aplicaciones. " Los primeros huevos son infértiles y los son, además, el 15% de todos los que ponen. En 14 días se puede ver si está fecundado o no. Cada año fecundan entre 80 y 100 huevos. A partir de los dos años y medio pueden reproducirse. Tienen dos periodos de puesta al año. Un avestruz cuesta 6.000 pesos, un polluelo de un mes, 1.000 pesos. Viven 70 años. Nos enseñó qué fabricaba con las cáscaras de los huevos y con los huesos del animal.
Una
hora larga estuvimos hablando con Gabriel en la granja, mientras dábamos
de comer a los avestruces y observábamos el mal genio de esos aparentemente
inofensivos animales. Aceptamos la invitación de Gabriel de pasar el
día en el cerro Teotón. Ascendimos entre la milpa (plantación
de maíz) para contemplar una amplia vista del pueblo y de los pueblos
de la comarca. Adquirimos en la tienda galletas y refrescos que constituirían
nuestra comida y charlamos con varios vecinos. Arriba, en la ermita, se escuchaba
de fondo música de tambores que daban un ambiente muy bucólico
a nuestra conversación con este tranquilo e ilustrativo Gabriel, un hombre
de una lucha continua y desaforada por la defensa de los derechos humanos.
Arriba en el Cerro, justo frente al Popo, se respiraba un ambiente mágico. La conversación intensa con Gabriel ayudaba. Nos pasamos allí cuatro o cinco horas, no lo recuerdo, y descendimos porque a las 17 horas habíamos vuelto a quedar con Roberto, que nos acompañaría de nuevo a Puebla. Comimos apresuradamente carne de avestruz y emprendimos un tortuoso viaje de vuelta. Primero en una combi repleta de gente y luego en dos autocares cuyo exagerado movimiento nos recordaba a una montaña rusa.
Los chicos de la Casa de Estudiantes Emiliano Zapata (CEEZ) ya nos estaban esperando. Nada más poner un pie en el albergue supimos el por qué el Gobierno los oprime, como ya nos habían contado Adrián y Roberto. Tres caras de tamaño mural, Marx, Engels y el Che, presidían el salón-comedor, junto a un tablón de anuncios con proclamas tipo " Ser estudiante y defensor de los derechos humanos no es sinónimo de terrorismo" o " Si estuviéramos vivos, levantaríamos los puños" .
Era tarde y ayudamos, en lo que nos dejaron, a preparar la cena. Después de unos ricos frijoles, comenzó la auténtica charla, a la que sólo asistimos tres de nosotras. ¿Cómo puede un Gobierno pensar que esa gente es peligrosa? Roberto, que todavía continuaba con nosotras, nos introdujo en el problema que estos estudiantes universitarios tienen desde hace años. " Piden solidaridad porque están hostigados por los líderes golpeadores de la universidad y por los policías" . Félix, Omar, Francisco. Luego se sumarían Luz, Edgar, Rebeca, Miguel, Isabel, Cecilia, Lucila. Así hasta un total de 15 jóvenes –ocho mujeres y siete hombres-.
Roberto
nos explicó que no quieren vivir de las organizaciones mexicanas, pero
sí aceptan dinero de organizaciones extranjeras que quieran luchar por
los derechos humanos. " México necesita ser independiente y tener
tecnología punta" . Nos habla del caso de los hermanos Cerezo y
de que los estudiantes de este albergue han constituido el Comité de
los Cerezo en Puebla. Pasamos rápidamente al tema que nos ocupaba en
la casa: saber qué les está ocurriendo. El responsable del Cidh
comenta que la mayoría de los que allí viven son de escasos recursos,
casi todos de provincias de la zona de Sierra Negra, Sierra Oriental u Oaxaca.
A los que tienen necesidad se les brinda la casa, pero el Gobierno quiere relegarlos.
" Todos tenemos derecho a la educación gratuita, lo dice la Constitución"
. Por ello, exigen al Gobierno que incremente el PIB que destina a investigación
y educación. Sólo dedica el 0,8% del PIB cuando, según
la ONU, debería ser el 7,8%.
OMAR, que tiene 19 años, lleva dos años en la casa y estudia Filosofía, nos comenta que en sus ratos libres alfabetiza gratuitamente a niños de comunidades en el mismo albergue. De ahí que una gran pizarra decore el salón. Todos de la casa participan activamente en las tareas. Nos cuenta que este movimiento se inicia en Cuba tras la revolución y se exporta a México, donde en los años 80 comienzan a surgir este tipo de casas. El fundador del albergue en el que estábamos fue Gumaro Amaro Rodríguez. Desde un principio su finalidad era que los jóvenes con pocos recursos recibieran una educación gratuita y pudieran vivir allí. La formación ideológica está presente: marxistas leninistas. " No sólo estudiamos una carrera, sino que nuestros conocimientos sirven para el desarrollo del pueblo" . " Antes el Gobierno nos daba subsidios, pero nos los retiró para debilitar el movimiento. Después de que asesinan a Gumaro todas sus organizaciones se fueron debilitando" . El último golpe mortal lo dieron en 1998, desalojando nueve casas de estudiantes. Esta es, de momento, la única que se mantiene en pie. El PRI paralelamente crea otras dos casas con el mismo concepto y para dar servicio a una necesidad. Mal subsisten, tan sólo solventan sus gastos. Ellos se tienen que costear todo, por eso trabajan. No sólo para cubrir sus gastos sino para los de toda la casa. " No sólo buscamos nuestro bienestar individual, también el colectivo" , comenta Omar. LUZ dice que son muchos los trámites para que te concedan una beca en la universidad. Lo paradójico es que no se la conceden a los más necesitados, se lo dan por promedio de notas. Para Luz, " ellos, los ricos, lo tienen más fácil para obtener buenas calificaciones porque no tienen otra preocupación que estudiar" . " Nosotros" , añade, " no podemos dedicarnos 100% al estudio, tenemos que trabajar en restaurantes a media jornada, los fines de semana…" Viven en una gran casa de estudiantes con demasiadas incomodidades. Tres son los requisitos para acceder al albergue: ser estudiante activo, de escasos recursos y tener el comprobante de inscripción en la universidad. Provienen de comunidades pequeñas y no pueden regresar a sus pueblos porque allí no hay trabajo. Antes las mujeres no estudiaban, ahora hay el mismo número de mujeres que de hombres. Algunas, sin embargo, dejan de estudiar muy jovencitas porque ‘se embarazan’. Hay un examen de admisión, pero la universidad reduce el número de alumnos y se quedan muchos sin poder hacerlo. La capacidad de la universidad se ha reducido. Alude que no tiene dinero. Cada cuatrimestre cuesta siete pesos por crédito. En verano se pagan 14 pesos. El curso está dividido en tres periodos. Primavera (enero a mayo), verano (mayo a agosto) y otoño (agosto a diciembre). Para OMAR sólo hay una razón: " El Gobierno quiere que aumente la matrícula de la universidad privada. Prefieren que optes por carreras capitalistas, tales como económicas o turismo, porque ya no se ofertan carreras como filosofía o ciencias sociales. Te dicen que si no pasas la prueba puedes ir a una privada" .
Casi al unísono
manifiestan un mismo sentir. " Queremos que de una vez se frene ese
hostigamiento que se ha emprendido desde la orden de desalojo. Pasan por
aquí y preguntan el nombre de cada uno de nosotros y nos incitan
a que nos vayamos" , algo que viene sucediendo desde hace dos meses
(julio). Estos chicos de entre 17 y 23 años se sienten vigilados
por la universidad. Nuestros principios son diferentes a los de ahí afuera, están encaminados al socialismo. Todos cooperamos para las necesidades de la casa, no hay preferencias. Respeto hacia los compañeros, los valores, la sensibilidad hacia los problemas de los demás, porque fuera te hacen insensible a lo que pasa en España, en Venezuela. LUZ, una muchacha de ojos limpios, sonrisa encantadora y verbo fácil, insiste en que la probabilidad del desalojo está ahí porque no quieren " una casa como ésta" . " No hemos podido pagar la contribución de la casa porque está registrada como individuo, no como colectivo" . Hubo un tiempo en que la casa estaba a nombre de la Universidad y, el Gobierno apoyaba estas casas, pagando el recibo de la luz y del agua. Ahora no. Para Luz, en México la palabra democracia sólo figura como nombre porque " el voto está manipulado, sigue habiendo venta de votos" . En la sierra dan instrumentos, aperos de labranza, para comprar a la gente fácilmente. Una frase que he escuchado durante el viaje, y aquí también: México no está en la lista de país más corrupto porque pagó para no aparecer. Hay muchos luchadores sociales, pero los matan. Luz retoma el tema de los hermanos Cerezo porque ellos también eran estudiantes de la Universidad. |
Después
de esta larga conversación con chicos que, para nada, resultan sospechosos
de ser peligrosos, nos fuimos, indignadas con esa injusticia a dormir a la habitación
que había en la parte alta de la casa.
| RESUMEN DEL CASO. El estado de Puebla está considerado, por las propias cifras oficiales, entre los primeros cuatro lugares en marginación en el país, teniendo el vergonzante primer lugar en mortalidad infantil y el tercer lugar en analfabetismo. La enorme desigualdad social que vive este Estado se reproduce también en la Universidad Autónoma de Puebla, en donde los estudiantes de las zonas más pobres no tienen acceso a una educación superior. En este contexto surge la iniciativa de estudiantes universitarios de fundar espacios donde pudiesen vivir los jóvenes de los lugares más olvidados de este Estado que deseen seguir estudiando. Pasando, la Casa del Estudiante, a formar parte de una verdadera alternativa de estudios para aquellos hijos de obreros, campesinos e indígenas. La Casa de Estudiantes Emiliano Zapata (CEEZ) fue fundada en 1980, con la función social de dar albergue a estudiantes de escasos recursos económicos, provenientes principalmente de las comunidades indígenas, que quieren continuar sus estudios en la Universidad y sus preparatorias. Sus principios están sustentados bajo la tesis de Universidad-pueblo, por ende, su carácter popular y de vinculación con las luchas del pueblo trabajador Durante estos 24 años, el proyecto de casa de estudiantes se ha mantenido gracias al esfuerzo y el apoyo solidario que han tenido por parte de otras organizaciones ‘hermanas’. Brindándoles su apoyo tanto económico como político. Al ser esta institución un proyecto independiente y autónomo de los partidos políticos y del Estado, y al promover siempre la defensa de la Universidad Pública y Gratuita, derecho garantizado por las leyes mexicanas y los acuerdos institucionales sobre derechos humanos; han sufrido la violación de sus garantías constitucionales. El caso más extremo fue el asesinato político de Gumaro Amaro Ramírez (1989), fundador del proyecto. Las instancias gubernamentales y la rectoría de la universidad no han cesado en intimidar e intentar hacer que claudiquen y abandonen esta tarea de defender la educación pública. Fueron desalojados violentamente de cuatro casas de estudiantes en 1998, en donde se albergaban cientos de estudiantes universitarios. En esos desalojos se pretendió vincular a sus moradores con grupos armados, además de sembrar armas y material subversivo. En la actualidad, la violación de sus derechos humanos se sucede de manera permanente. La amenaza de muerte, el hostigamiento, el extrañamiento a los miembros de la casa en sus respectivas escuelas, la vigilancia constante del albergue y la amenaza del desalojo violento. Hoy en día, las CEEZ se mantienen económicamente por el trabajo remunerativo que los chavales desempeñan en sus horas libres y por el apoyo de ‘hermanos’ campesinos y obreros. Por todo ello, solicitan la solidaridad a los organismos sociales, políticos, derechos humanos y personalidad progresivas tanto nacionales como internacionales, para denunciar las agresiones que sufren los estudiantes pobres de la Casa de Estudiantes Emiliano Zapata del estado de Puebla por parte del Gobierno de Estado (encabezado por el gobernador Melquíades Morales Flores) y de la Universidad Autónoma de Puebla (encabezada por el rector, Enrique Agüera Ibáñez, y el ex rector Enrique Doler Guerrero). Piden también que se les brinde todo tipo de solidaridad y apoyo al albergue estudiantil para continuar abriendo las puertas a los estudiantes poblanos de escasos recursos económicos en un espacio desde donde puedan adquirir una formación cultural y científica que coadyuve al desarrollo y emancipación de los pueblos. Por que la educación es un derecho y no un privilegio de clase Por que ser estudiante no es sinónimo de terrorista |
8
de septiembre (miércoles)
Poco pudimos hablar
con los chavales en el desayuno porque tenían que irse a clase. Omar
nos acompañó al autobús ‘Rápido de San Antonio’
para ir al centro de Puebla y nos despedimos de él, de la misma forma
que minutos antes habíamos hecho de los escasos estudiantes que a esa
hora estaban en la casa. Puebla se abrió ante nosotras como una ciudad
muy limpia y perfectamente colonial. Pero más que por sus calles me sorprendí
por la amabilidad de sus gentes, siempre atentas a cualquier necesidad. No hace
falta que pidas el favor de que te abran la ventanilla del micro autobús
urbano, sólo con el gesto se levantan a ayudarte. Y no fue una sola vez,
ni dos, ni tres. Desdoblas el callejero para buscar una calle y al segundo alguien
ya te está indicando la forma más rápida de llegar a tu
destino. No esperan nada a cambio, simplemente son amables, una amabilidad que
se nos iba contagiando poco a poco.
Hicimos turismo por la ciudad. Primero al barrio del artista donde nos pasamos un buen rato desayunando y aseándonos, ante la imposibilidad de haberlo hecho ni en casa de Gabriel, ni por supuesto en el albergue de estudiantes. Ambos lugares carecían de agua corriente. Mercadillo típico en un patio y a patearnos la ciudad. Nos dirigimos, cómo no, al Zócalo, donde se encuentra la monumental Catedral frente al Ayuntamiento neoclásico. Un guía turístico nos enseñó el monumento y nos dio las pautas necesarias para una visita rápida por lo más característico de una ciudad con la nada desdeñable cifra de 365 iglesias, una para cada día de la semana. Lo sorprendente es que, pese al elevado número, la gente se santigua al pasar por la fachada de la iglesia. ¡Qué cansado como lo hagan en todas y cada una!
Un camión cisterna con agua potable, parado en medio de la calle, nos indicaba que todo el país carece de agua corriente. Un cartel con todo tipo de indicaciones sobre cómo actuar en caso de sismos nos recordaba que México es un país donde los terremotos hacen de las suyas. Anduvimos por varias calles, siempre cerca del Zócalo, hasta que nos decidimos por comer en un restaurante vasco. ¿Nostalgia por la comida? Todavía no, casualidad. Echamos en Correos las postales que habíamos adquirido con la esperanza de que llegaran, al menos, antes de nuestro regreso a España. Por los pelos, porque tardaron más de tres semanas en llegar a su destino.
Y a esperar a Noelia que se había perdido. Desesperación, cabreo. Todo en uno. Como no llegaba, regresamos a la casa de estudiantes a por nuestras mochilas y también la suya. Viajamos a DF con la esperanza de que ella y Adrián Carlos se hubieran marchado antes a DF, pero no fue así. Unas horas más tarde que nosotras llegó Noelia, muy sonriente. Dormimos pocas horas porque esa misma noche, a las 4 de la madrugada, tenía que sonar el despertador para irnos a las comunidades de la Huasteca. El auténtico viaje, el mágico.
9 de septiembre (jueves)
Nos levantamos
a las 5.30 de la mañana en DF. Era de noche y en la calle hacía
frío. Con mucho sueño fuimos llevando, entre todos, las mochilas
al coche que nos trasladaría posteriormente a Huejutla, una ciudad mediana
del Estado de Hidalgo, a unos 400 kilómetros y más de siete horas
de carretera. Nos metimos en el carro como sardinas en lata. Tan ‘sólo’
íbamos Adrián padre, Adrián hijo, Marlene, Beto, Malena,
Pedro, Mariví, Olga, Susana, Noelia y yo. A lo que había que sumar
nuestras voluminosas mochilas, sus correspondientes equipajes y por si fuera
poco un motor que vendría a sustituir otro del coche de Adrián
que hace días se estropeó por la zona de Pachuca.
Con gran ilusión emprendimos el viaje. Los días de turismo habían estado bien, pero la realidad del viaje era la que ahora se abría ante nosotras. La salida de DF fue laboriosa. Esta vez no por el tráfico –inexistente casi a esas horas de la madrugada- sino por las grandes distancias que hacen de esta macrourbe un monstruo inabarcable, pero a la vez sorprendente. Al poco de salir de DF, el sol nos ofreció un bello amanecer y dejó ante nuestros ojos un paisaje cada vez más frondoso. Daba mucha pena perdérselo, pese al sueño que nos iba ganando poco a poco.

Realizamos
la primera parada en un merendero de carretera, donde un sabroso desayuno nos
esperaba –un consomé con garbanzos muy picante que nos despertó
el paladar tanto como el estómago-. Mariví, que ya por aquel entonces
no soportaba el picante, se atiborró a dulces. Cada varios kilómetros
hacíamos una paradita, en especial cuando el paisaje bien merecía
una fotografía. Tuve la suerte de compartir asiento con Pedro, el presidente
del Comité de la Defensa de los Derechos Humanos de la Huasteca y Sierra
Oriental (Coddhso), y en ese mismo instante me di cuenta de la persona tan excepcional
que tenía a mi lado. Días más tarde corroboré aquella
maravillosa impresión inicial.
Curva a la derecha, curva a la izquierda, curva a la derecha, frenazo para sortear el tope, uno de tantos que se colocan en las carreteras para impedir que los vehículos adquieran altas velocidades. ¡Qué ilusos, como si las carreteras y la niebla cegadora permitieran que un kamikaze cogiera los mandos!
Nada más pisar suelo de la Huasteca hidalguense, un control militar nos puso en alerta. Fue el único que nos encontramos, pero estoy segura que no el único que existía. Los coches estacionados en la carretera, tras la señal de alto total, nos hizo percatarnos de la militarización que sufre la zona. Supuestamente están ahí para dar seguridad, pero ¿qué protección necesitan estos pueblos? Y lo que es más, ¿de quién se tienen que proteger? Nosotros no tuvimos que parar y proseguimos viaje, después de sortear los coches parados incluso en medio de la calzada.
Tras las miles de curvas, los miles de precipicios y la preciosidad del paisaje llegamos a Huejutla. El carro que una señora había prestado a Adrián y en el que habíamos viajado no aguantó más y los frenos, todos, dieron su último suspiro. Menos mal que ocurrió al pasar por el penúltimo tope de la carretera. La llegada a Huejutla fue triunfal. Adrián hacía sonar el claxon en cada cruce, alertando al resto de coches de nuestra imposibilidad para frenar. Su habilidad permitió parar justo en la puerta de la sede de la Coddhso (Comité de los derechos humanos de las Huastecas y Sierra Oriental), una modesta y limpia casa en la que permanecimos varias horas mientras Adrián y Pedro se acercaban a un taller para que arreglaran los frenos. Allí tuvimos tiempo de ‘platicar’ con Malena, la joven y encantadora mujer de Adrián, que nos contó algo de su vida y de su experiencia desde que comparte la misma ilusión que su inquieto marido. Paseo al cajero automático, enviar e-mail, llamar a casa, conversar… Era lo único que podía hacerse en una ciudad que, a primera vista, no resultaba excesivamente acogedora.
Un pollo sabrosísimo puso fin a nuestra larga espera. De nuevo en el vehículo, esta vez ya con frenos nuevos, emprendimos la marcha hacia la primera comunidad mientras los sones de Silvio Rodríguez o Maná nos evadían del ajetreo de la carretera. De un valle frondoso ascendimos, por un camino sin asfaltar y con un cortado sobre los barrancos, a una montaña que nos permitió contemplar un paisaje a contraluz. Esa vista nos transportó a nuestros sueños, al tiempo que nos dejaba observar, por última vez, la senda de un río caudaloso. No se me olvidará la estampa. Al poco atravesamos la primera comunidad. Me quedé impresionada, no sé por qué, quizá porque me di cuenta en ese mismo instante de a lo que me iba a enfrentar en los próximos días. Los niños descalzos jugaban al borde de la carretera, sus casas eran de palos de madera –luego me enteraría que se llamaban bajareques-, recubiertas algunas de adobe, y con techos de paja, al estilo de las pallozas leonesas. Mucha vegetación y flores amarillas, rojas, azules, que nunca antes había visto.
Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a la comunidad en la que nos alojaríamos durante dos días. No íbamos a un pueblo, no nos hospedaríamos en una casa de ricos, ni en un hotel, ni en un albergue. Tendríamos la oportunidad de compartir la forma de vida de esa gente, dormir en el suelo, sobre nuestros petates o los que nos prestaran, y soportar el picazón insistente de los mosquitos. Ver tarántulas, alacranes y todo tipo de animales, incluso algunos a los que no podíamos siquiera poner nombre. A todo esto, sufrir en nuestras pieles cómo corría el sudor bajo el calor tropical de la zona.
La comunidad se llamaba Xiliteco. Un nombre que nos costaría retener en nuestras mentes, pero que ya ha pasado a formar parte de un recuerdo muy dulce. La sensación que experimenté fue contradictoria. Por un lado sentía una gran ilusión por estar ahí, por mi propio egoísmo y, por otra, miedo por no saber qué iba yo a aportar con mi presencia a esas gentes de baja estatura, con cuerpos delgados, caras enjutas pero bellas y con una vejez sorprendentemente prematura. Pronto lo descubriría.
Descendimos del coche y, para ser sincera, no tenía ni la menor idea de cómo dirigirme a las personas que en esos momentos se encontraban junto al pequeño y recogido altar. Las mujeres, que venían de reelegir a sus representantes, pasaron una por una saludándonos con un sincero apretón de manos. Intentamos mediante juegos acercarnos a los niños. Al principio se mostraban tímidos, tanto como nosotras. Se escondían unos detrás de otros y, con risas entrecortadas, hablaban en una lengua que resultaba totalmente ininteligible. Los chicos mayores nos observaban de lejos, los hombres quizá siguieran trabajando porque no vimos a ninguno. Pocos hablaban castellano, no porque no lo supieran, sino porque entre ellos siempre hablan náhualt. Me sorprendió la malnutrición, que no desnutrición. Los niños de ocho años aparentaban cinco, los de cinco, tres, y así sucesivamente. La presencia de Adrián, Malena y Pedro nos facilitó la comunicación inicial. Las sensaciones se superponían.
Propusimos
que nos acompañaran a la iglesia, que sería el lugar donde nos
alojásemos los once. Briseida y Julia, dos niñas preciosas de
ocho y diez años que aparentaban mucha menor edad por su estatura y su
escaso peso, fueron las primeras que me cogieron la mano; ya no me las despegaría
en los dos días que permanecimos en esa comunidad y eso me agradó.
Todos nos seguían. Trasladamos las cosas desde el coche a la iglesia,
un recinto tan modesto casi como las viviendas de los campesinos. Sin puertas
y sin ventanas, la norma generalizada, con suelo de tierra perfectamente alisado
y recubrimiento de adobe. Al fondo una bandera mexicana –son muy patrióticos-
hacía las veces de altar y acompañaba a la imagen del Cristo.
La noche era muy cerrada y eso nos impedía hacernos una idea de cómo
era la comunidad.
Casi sin percatarnos llegó el comité de bienvenida: un grupo de mujeres con la cena. Cada una portaba una ración de tortillas picantes, con mucho chile, intragables para un paladar poco acostumbrado a ese potente sabor. Era una pena, ellas nos lo traían con todo el afecto y nosotras no podíamos agradecérselo en la misma medida. Los intentos por nuestra parte fueron repetidos, pero no había forma, picaba y picaba. La cantidad de comida nos desbordaba. Éramos once personas para cenar y teníamos ante sí unas copiosas tarteras, que iban depositando sobre las sillas a modo de bancos de la iglesia. Trajeron también agua hervida y un café muy negro, pero muy aguado, que nos pareció un manjar; cualquier cosa para mitigar la sed que nos provocaba el intenso calor.
En el horizonte se escucharon unos cohetes de bienvenida y a mí me parecía mentira acaparar tanta atención. Las emociones había que contenerlas. Tuvimos la suerte de que las mujeres, las mismas que nos iban trayendo la comida, se sentaran en las sillas que se disponían en la iglesia. Pudimos conversar con ellas, aunque todavía de forma muy somera, e incluso hacerles fotografías, pese a sus reticencias iniciales. Sus risas comenzaron al vernos cómo intentábamos sujetar las mosquiteras que nos permitirían, aunque fuera de forma simbólica, contrarrestar la cantidad de insectos que paseaban a sus anchas por el suelo de tierra de la iglesia. No conocían la utilidad de ese artilugio, nosotras casi tampoco.
Mariví y yo salimos a inspeccionar el pueblo y compartimos velada con Maite, una profesora de una comunidad a dos horas de distancia. Lo hicimos a la misma puerta de su vivienda, sentadas en ambas sillas y contemplando la preciosa noche que nos daba la bienvenida e intentado, aunque fuera de reojo, echar un vistazo al interior de la ‘choza’. El madrugón comenzó a pasar factura y llegó la hora de dormir. Yo lo hice perfectamente porque pensé o ganan los insectos o gano yo. Yo gané y pocos fueron los instantes en que me desperté y pensé que cualquiera de esos bichos, en especial la tarántula que se escondía tras el paño verde de la bandera, podía estar en mi mosquitera. Era mejor no pensarlo y disfrutar de un reparador sueño en unas condiciones que ni siquiera eran tan malas como me imaginaba desde España.
10
de septiembre (viernes)
Un aullido de un perro
era contestado por otro. Parecía que tuvieran un snooze y se hablaran
en la distancia. Mantenían una conversación sincronizada y así
durante toda la noche. Al amanecer los gallos se sumaron al jolgorio y cada
varios segundos emitían su característico sonido. Eran apenas
las 6.30 de la mañana cuando me desperté, mientras el resto permanecía
dormida bajo sus mosquiteras, excepto Adrián y Pedro, que se habían
marchado temprano para arreglar el carro. Yo aproveché para disfrutar
de un momento de soledad, escribir en mi diario y contemplar el amanecer y,
por tanto, lo que la noche nos impidió ver: la comunidad que nos había
alojado, la iglesia, de unas dimensiones razonables, que nos había permitido
descansar, y el verdor de las montañas que rodeaban la zona.
Las primeras luces de las viviendas se prendieron. Fuera, olía a maíz, el mismo olor penetrante que nos acompañaría durante días. Las rendijas de las casas de palos dejaban escapar los primeros aromas. Allí, sentada en el porche de la iglesia, era fácil imaginar cómo las mujeres estaban afanadas en sus cocinas preparando el desayuno. Frente a la iglesia había un árbol robusto del que colgaba la campana con la que avisarían de cualquier evento que sucediera en el pueblo; a la derecha la vivienda del ‘rico’ del pueblo, con su gres, su televisión, fotografías colgadas de las paredes, pero también sin puertas, ni ventanas. De la izquierda provenía el olor a letrina, la de los hombres, porque la de las mujeres estaba limpia. Ante mí, los gallos desfilaban, mientras en el interior las primeras se fueron despertando.
El
desayuno fue llegando de forma paulatina. De nuevo, cada mujer nos agasajaba
con sus mejores platos. Éramos sus invitados y bien que lo demostraron.
Café muy rico, tortillas con huevo, tortillas para untar frijoles, tortillas
con chile... Ese sería nuestro sostén durante los días
que permanecimos en La Huasteca hidalguense. El problema es que esos alimentos
tan poco variados y nutritivos eran para nosotras sólo un paréntesis
en nuestra dieta habitual; para ellos en cambio era su alimentación básica
y exclusiva. Maíz, frijoles y chile; chile, frijoles y maíz. Una
y otra vez. Para desayunar, para comer y para cenar. Y eso que el Gobierno mexicano
se empeña en decir que en México no hay hambre. ¿Cómo
se llama a esto, entonces? No es de extrañar que a su lado nosotras pareciéramos
altas y eso que ninguna nos caracterizamos por nuestra estatura.
A los hombres no los vimos en todo el día, quizá estarían en la milpa trabajando. Después de desayunar nos fuimos al arroyo, un riachuelo de aguas claras y fresquitas que nos pareció todo un lujo. Aprovechamos para compartir nuestras primeras impresiones de una estancia que se prometía, como así fue, maravillosa. No hay palabras para describir las sensaciones que nos transmitieron esos indígenas que en nada de tiempo se hacen querer.
Las mujeres estaban ensayando el baile típico, el Trapiche, con el que participarían el día 15 de septiembre (Día de la independencia de México de los conquistadores, o sea de nosotros los españoles) junto a otras comunidades de la Huasteca de Hidalgo. A las 10.00 nos reuniríamos con las mujeres en nuestra primera asamblea. Tuvimos que esperar a que algunas terminaran de bailar para que compartieran con nosotras su vida, sus experiencias, sus problemas y sus dudas. Aprovechamos para aprender, es un decir, las primeras palabras de un idioma imposible de retener y pronunciar. Tonaste (buenos días), tiotaquín (buenas tardes), lascamate (gracias), aquispin (chico). Así al menos sonaban, aunque dudo que su trascripción sea la correcta. Gracias a Malena, que nos introdujo en la conversación, la charla fue más desenfadada y pronto el miedo inicial fue dando lugar a las confidencias.
Las mujeres se dispusieron frente a nosotras. Algunas sentadas en el suelo, otras en bancos mientras jugaban con sus hijos, les daban el pecho o simplemente les observaban. Sus voces quedaron reflejadas en mi grabadora, con el llanto de fondo de los niños o las risas de esas mujeres que nos miraban con caras expectantes. No borraré la cinta, es parte de mi archivo personal que me permitirá recordar aquel momento vivo y emocionante que viví ese mes de septiembre de 2004. La charla fluía, ellas nos contaban su forma de vida y nosotras les hacíamos partícipes de alguna manera de la nuestra. Éramos cinco, cinco mujeres solteras y sin hijos, independientes económicamente, y aquello les sorprendía tanto como a nosotras su vida. Quizá a nuestras abuelas de pueblo, sus historias les resultaran más cotidianas, para nosotras, sin embargo, era todo un mundo por descubrir. El tema que más nos interesaba era la salud y sobre él incidimos.
Tienen una casa de salud en la comunidad. Se la construyó el Gobierno, pero el médico tan sólo acude a ella una vez al mes, a lo mejor cada dos meses. Sus necesidades más elementales están cubiertas por el trabajo voluntario de María de la Cruz, la asistente de salud que se formó hace unos cinco años gracias al proyecto belga, CAPAS. Cuando ella, que sí vive en la comunidad, no puede dar solución al problema del paciente los remite a Huautla, que se encuentra a 40 minutos en carro o a dos horas caminando. Suelen acudir en el carro comunitario que han adquirido con las aportaciones de todos los vecinos, pero el problema es que sólo tres personas saben ‘manejar’.
Antes tenían los hijos " hasta que se acabara" . Es el momento en el que comenzamos a enterarnos de la contraconcepción forzosa a las que les somete el Gobierno. ¿Cómo planifican? La doctora les ayuda a que se planifiquen, les dan píldoras anticonceptivas, les proporcionan el DIU y luego las revisan cada tres meses y después al año. " Si va mal nos lo cambian, pero no nos lo quitan" . Nos hablan de los planes del Gobierno y de su miedo a perder las migajas que les otorga. Por ejemplo, el programa oportunidades les cubre las consultas, pero no las medicinas, que les resultan ‘bien’ caras. Se quejan en voz alta de que en las clínicas del Estado " sólo hay condones, pero no medicamentos" . Para adquirir las medicinas, el programa CAPAS (Centro de apoyo a las iniciativas de los pueblos en áreas de salud) ideó que cada familia aportara a una bolsa común 50 pesos al año para nutrir la farmacia de la comunidad.
También les pagan 2,50 pesos a la semana para el desayuno de los niños: Lechita, papas, zanahoria, calabacines. Las mujeres amamantan hasta los cuatro o cinco años a sus hijos para darles más aporte de proteínas. Hay 109 niños en la comunidad, de preescolar hasta los 12 años. Ellas, entre risas picaruelas, nos comentan que la gente se casa muy joven, incluso a los 15 años. Se relacionan entre ellos y con los de otras comunidades. No llegamos a aclararnos si los matrimonios son libres o no. Las mujeres trabajan en otras comunidades siempre que les dé permiso el marido. Al parecer la fidelidad se respeta. Y es que si a un hombre le ‘cachan’ con otra mujer, se le llama la atención públicamente.
Las mujeres se levantan a las 5 de la mañana, quizás a las cuatro, lavan los trastes, preparan el desayuno, acondicionan sus casas, que están todo lo limpias que pueden estar, o acuden a la milpa a ayudar a sus maridos. En ocasiones la tierra está a una hora caminando de la comunidad. Otra vez maíz, frijoles y chiles. Chiles, frijoles y maíz. Es lo único que cultivas y casi lo único que consumen
Un bien ejemplo de que todas las decisiones se toman en colectivo, en asamblea, es que decidieron que entrara el programa Procede. Lo hicieron hace apenas un año y parece ser que la experiencia no les ha satisfecho, ya que la mujer más parlanchina dijo tajante. " Nos ganó el Gobierno" . Este programa, en apariencia es voluntario, pero como casi todo en las Huastecas parece una entelequia. El Programa de Certificación de Derechos Ejidales y Tribulación del Solares Urbanos (Procede) se puso en marcha en 1993 como un instrumento que permitiera dar certidumbre jurídica a la tenencia de la tierra, regularizar los derechos agrarios y otorgar certificaciones de propiedad individual a los ejidatarios. Pero las dudas surgieron pronto. " ¿Si ya tenemos nuestros planos para qué medir de nuevo? Si todos somos comuneros ¿para qué depurar el padrón? ¿Qué vamos a ganar con el Procede? Si es menos superficie, ¿repondrán el resto?" .
Antes contaba toda la comunidad con un terreno colectivo y podían elegir el lugar donde sembrar, ahora se han dividido los espacios y ya no hay tierras para repartir entre los hijos varones. A la muerte del padre y si son varios hijos, algunos " se tienen que emigrar" . Si son chicas y se casan se van a casa del marido. No dejan que entren los partidos políticos porque ya están ellos perfectamente organizados, siguiendo los usos y costumbres reconocidos, supuestamente, por el Gobierno.
Les interesaba saber sobre cómo eran nuestras celebraciones porque, como es lógico, desconocían que compartimos religión, no así su devoción. Nos contaron que allí existen bodas civiles y religiosas. Cuando se va a celebrar un enlace, los novios avisan a la presidencia del día en el que se va a celebrar. La ‘muchacha’ no puede ve al ‘muchacho’ en ocho días. Invitan a toda la comunidad a la misa y a los bailes, también a comer res, " si la hay" . El convite corre a cargo de la familia del muchacho. Como la chica abandona su hogar para irse al de su marido, " a veces llegan a compartir dos nueras una misma casa" . En caso de que surjan problemas, los resuelve el delegado, el comisionado y la vigilancia, autoridades que se eligen cada año y de forma asamblearia.
Para ellos la navidad comienza el 16 de diciembre y se prolonga hasta el 24. Durante esos días escenifican el calvario que debieron pasar María y José para encontrar un lugar donde tener a Jesús. Cada casa pone su virgencita (la lupita) y el santito. Los niños tienen su piñata. El 24 se cena y llevan a la virgencita a la iglesia. Tienen un muñeco al que bautizan el 2 de febrero. Su madrina es la encargada de vestirlo. Prueba de su religiosidad es que se pasaron toda la semana rezando para que lloviese y como lo hizo, y de forma muy copiosa, llevaron a su santito a la capilla para agradecer que les escuchara sus súplicas. Si no, hubieran rezado hasta que lloviera. Así cualquiera.
La conversación, de casi dos horas de duración, fue muy rica, a pesar de que sólo dos mujeres fueron las que llevaron la voz cantante. El resto se reía y charlaba con su vecina de al lado. Qué pena, no recuerdo sus nombres, pero sí sus caras, esas miradas que transmitían esperanza y que, pese a su incultura de conocimientos, demostraban una gran cultura de la vida, con unos valores que nos resulta imposible ni siquiera conjugar. Solidaridad con el resto de sus vecinos, y con los que vivían incluso en otras comunidades, el amor a sus hijos y a sus maridos…
La pena, como bien nos contó posteriormente Pedro, es que no fueron sinceras del todo con nosotras. El miedo las atenaza y no son capaces de contar la verdad total de su vida. El pánico que sienten ante las amenazas constantes del Gobierno de Fox, como antes del PRI, que les oprime con mentiras y engaños. Las migajas de ayudas que reciben son la forma más burda de tenerlas atenazadas y acalladas. Y ante todo eso, su resistencia es incuestionable.
Cuando concluyó la plática nos fuimos de nuevo al riachuelo para refrescarnos y poner en común nuestras sensaciones. Noelia, como siempre, desaparecida. Comimos todos juntos en el mismo lugar que antes nos había servido de salón de reuniones. Esta vez nos agasajaron con un arroz exquisito con frijoles, el mismo que ellas no comerían, y por supuesto tortillas de maíz. |
La
reunión con los niños se produciría a las 15 horas, pero
allí el tiempo se mide de otra manera. Su ‘ahorita mismo’
puede prolongarse sine die, aunque no pasa nada, es tan sólo preciso
cambiar el chip. Siempre hay cosas que hacer, ir al río, lavar la ropa,
escribir o, mejor aún, hablar con personas con las que seguir creciendo
y escuchando sus historias fascinantes. Pedro, mientras, se dedicó a
preparar en la escuela la ‘clase’ de derechos humanos que impartiría
a los más pequeños. Es bueno que vayan escuchando conceptos para
que los interioricen y sean capaces, cuando crezcan, de luchar porque se cumplan;
lo mismo que están haciendo sus mayores.
El encuentro comenzó a las 17 horas. Primero fue Pedro, en una mezcla de náhualt y castellano, quien se dirigió a unos niños expectantes. Sentados o de pie, escuchaban atentamente. No era para menos, Pedro se destapó como un orador intachable, con fuerza y con decisión. Sus mensajes iban calando, al menos en mí, espero que también en ellos.
Adrián
tomó el relevo de Pedro y siguió su plática sobre derechos
humanos. Poco después comenzaría nuestro turno. Como el material
que, con todo cariño y dedicación habíamos preparado en
España y clasificado en DF nos lo habíamos dejado en Huejutla
olvidado junto a las medicinas, tuvimos que improvisar. ¡Oh, improvisación!,
la palabra que más me asusta. Pintamos un mapamundi en el encerado y
salí a escena como un pulpo en una cacharrería. No era capaz de
ordenar una frase y mis compañeras poco me ayudaron. El único
que salió en mi ayuda fue Adrián, que tomó las riendas
de la conversación. Hablamos de dónde veníamos, cómo
era la educación en España, de cómo vivíamos a groso
modo y de cuáles eran nuestros derechos educativos. Ninguno de los niños
ha visto el mar y por eso nos resultaba muy complicado hacerles entender de
dónde veníamos, que habíamos cruzado el océano Atlántico
durante 12 horas. También son pocos los que han viajado a DF, ni siquiera
a Pachuca, la capital del Estado de Hidalgo. Comparamos nuestras becas con las
suyas y nos dimos cuenta de que todos gozan de beca de Progresa. Resultaban
poco comunicativos y eso nos dificultó aún más la conversación.
Bien es cierto que nosotras no fuimos capaces de hacerles hablar. Demostraron
que, pese a su corta edad, se resisten a seguir los pasos de sus padres. Así,
una buena parte de ellos declaraba que de mayor quería ser maestro.
La reunión concluyó cantando ellos su himno y nosotras tarareando el nuestro. Lo pasé fatal y tengo que reconocer que me molestó no haber estado a la altura. Casi tiro la toalla, menos mal que en conversaciones futuras remedié el mal trago y la sensación de impotencia que sentí se fue pasando.
Nos integramos con los chavales, jugamos con ellos a voley, a basket, nos hicimos fotos. Yo me convertí en la más popular entre los niños porque les hacía mucha gracia verse en la cámara digital. Sus recelos iniciales se convirtieron después en un incesante pedir nuevas fotografías. Briseida y Julia, a las que cogí mucho cariño, no se me despegaban. Me gustaba esa sensación. Jugué con ellas a pillar y a hacernos cosquillas. Cada vez se iban uniendo más niños a nuestro juego y me recorrí toda la escuela corriendo como si fuera una más de ellos. Increíble.
Cometimos el
error de repartir las piruletas y los bolígrafos y lapiceros que llevábamos
entre los niños. Quisimos hacer una gracia y fue un error porque todos
se agolpaban ante nosotras, casi se pelean y algunos, picaruelos, nos intentaban
engañar diciendo que no les habíamos dado.
La noche nos cayó encima sin darnos cuenta. Recogimos nuestras mochilas y las mosquiteras de la iglesia y nos trasladamos a la escuela. Al menos, ese lugar tenía el suelo de cemento y estaba liso, había menos bichos y parecía más acogedor. Cenamos mientras caía una lluvia intensa y refrescante. Briseida y Julia, con sus preciosas caras y su dulce acento, nos acompañaron durante la cena, jugando ajenas a nuestra presencia. Utilizaron el pretexto de la lluvia para no irse a casa. Briseida no sabía si dormir en casa de su mamá o de su mamá. ¿Dos mamás? Una su madre y otra su abuela, con la que vivía a pesar de que las viviendas no equidistaban demasiado. El problema es que en casa de su madre no había sitio porque ésta se había vuelto a casar años después de que su marido la abandonara y el nuevo esposo aporta cuatro hijos al humilde hogar.
Dejó de llover y jugué con ellas a correr por la cancha de baloncesto. Sus pies descalzos sobre los charcos no parecían importarles. Están tan ilógicamente acostumbradas al contacto con el suelo que les resulta algo normal; a mí me daba reparo.
