José
Luis Vivero Pol
Oficial de FAO, Iniciativa América Latina y Caribe sin Hambre
El articulo analiza la incipiente crisis alimentaria como parte de una crisis global del mercado mundial neoliberal, que está empezando a fracturarse. Esto hace que el hambre y la agricultura hayan regresado con fuerza a la agenda global, y esto es una novedad en los ultimos 20 años. Tenemos una oportunidad coyuntural para acabr con un terrible problema estructural.
Los que somos parte de la
lucha contra el hambre estamos sorprendidos por el notable perfil que, desde
hace unos meses, ha adquirido la agricultura y la alimentación en los medios de
comunicación y las agendas políticas. Este bombardeo mediático está impactando
en la conciencia colectiva de los ciudadanos de todos los países, fortaleciendo
la idea de que la alimentación no está asegurada y el hambre puede volver con mucha
fuerza. Tras más de una década luchando por colocar, sin mucho éxito, el tema
del hambre como elemento central de la agenda económica y de desarrollo, vemos
ahora que la coyuntura -- impulsada por el alza de los precios de los alimentos
básicos y el petróleo, junto a las perspectivas nada halagüeñas del cambio
climático y su impacto en la agricultura -- está provocando numerosos
conflictos sociales e inquietud en los mercados. Esto ha colocado el tema
alimentario en las portadas, los debates y los eventos políticos de alto
perfil. Entre ellos, la XXX Conferencia Regional de FAO para América Latina y
el Caribe, celebrada en Brasilia, donde se debatió intensamente este tema.
Esta ola de preocupación por
el alza del precio de los alimentos se manifiesta en la inclusión de última
hora del tema en la reunión del G-8 en Tokio; en la propuesta reciente del
Banco Mundial para un "nuevo acuerdo de política alimentaria"; en el llamado de
atención del Secretario General de Naciones Unidas sobre el nuevo rostro del
hambre; y en los especiales sobre la "crisis alimentaria" que aparecen revistas
tan influyentes como The Economist o el New York Times.
La enorme tensión que está
generando la subida acelerada de los precios de los alimentos indica que este
tema se puede convertir en un problema de seguridad nacional y desequilibrio
mundial. El Banco Mundial ha pronosticado revueltas en más de 30 países. Ya
hemos visto noticias sobre disturbios y movilizaciones sociales que tienen como
detonante el precio de los alimentos básicos. Los hambrientos y los pobres
están empezando a despertar, y esto es sólo el comienzo. Estamos asistiendo a revueltas
sociales que ocasionan muertos (Camerún, Egipto) y caídas de políticos, como el
Primer Ministro de Haití. Estas manifestaciones vienen a confirmar que las
causas que motivaron la "revuelta de la tortilla" en México durante el 2007 no
son particulares ni coyunturales de un país si no que reflejan una situación
global de largo alcance. Es más, esta reflexión sobre el hambre como amenaza a
la seguridad mundial aparece en un reciente informe de Javier Solana, Representante
de Política Exterior, al Parlamento Europeo. En él, se indica que el cambio
climático, el hambre y la extrema pobreza se van a convertir en motores de
tensión social que afectarán a la seguridad de Europa y acrecentarán el flujo
migratorio.
La lucha contra el hambre
cobró un impulso notable durante la transición del segundo al tercer milenio, a
raíz de los compromisos de las dos Cumbre Mundiales de la Alimentación (1996 y
2002) y de la Cumbre del Milenio (2000), donde se aprobó por unanimidad la
erradicación del hambre como objetivo mundial de desarrollo.
Lamentablemente, a pesar de
las declaraciones políticas que salieron de esta conferencias, la lucha contra
el hambre y la desnutrición no recibió la atención política, mediática y
académica necesaria, y ha habido escasos avances en este tema. De hecho, a
nivel mundial, ahora hay más hambrientos que hace 18 años. En 1990, había
"sólo" 823 millones de hambrientos, según cifras de FAO, mientras que
actualmente tenemos 861 millones, según las cifras más recientes. En vez de
avanzar hacia la meta de las Cumbres y los ODM, vamos hacia atrás: ahora hay
más hambrientos. Nuestro mundo cada vez produce más alimentos, pero los
distribuye muy mal.
América Latina, sin embargo,
sí está avanzando en la lucha contra el hambre, bajando las cifras de
subnutridos de 59 millones en 1990 a 52 millones en 2004. Esto representa una
reducción porcentual del 13 al 10%. Sinceramente, esta cifra es muy pequeña para
una región que tiene los recursos humanos, naturales, financieros y de
infraestructura necesarios, y en la cual hay un proceso evidente de
consolidación democrática y aumento de estabilidad social. Un progreso escaso
que se hace más evidente cuando lo comparamos con el notable crecimiento
económico sostenido que ha experimentado desde el 2002, con una 4% de media
para la región. Ese crecimiento parece no llegar hasta los más excluidos.
Todavía el 10% de la población posee el 50% de la renta nacional y hay 9
millones de niños menores de 5 años que están condenados de por vida por sufrir
desnutrición crónica infantil.
Hasta ahora, ciertos actores
relevantes en la construcción de políticas como los medios de comunicación, las
universidades y los parlamentos no habían entrado de lleno en el tema del
hambre y la alimentación. Se consideraba un problema superado. El hambre sólo
aparece en los medios cuando se transforma en hambruna, ofreciendo esas
imágenes de niños famélicos que todos hemos visto muchas veces en Darfur,
Etiopía o la India. Y eso sólo cuando mueren suficientes.
Estos días, estamos asistiendo
a un movimiento del mercado global neoliberal que emite señales de crisis
(alimentaria, energética, financiera e inmobiliaria). Algunos organismos
internacionales encargados de regular el mercado global, y que durante décadas
exhortaban el predominio del libre mercado, ahora piden a los Estados que
actúen para evitar una catástrofe alimentaria. Asistimos a un redescubrimiento
del proteccionismo y la estatización de los mercados alimentarios nacionales y
globales, lo cual da alas a los defensores de la soberanía alimentaria.
No debemos olvidar que la
financiación para la agricultura y el desarrollo en áreas rurales ha venido
descendiendo desde hace ya más de una década, tanto la ayuda oficial al
desarrollo de la cooperación internacional como los propios presupuestos
nacionales de los países en desarrollo. Cada vez hay menos inversión en las
áreas donde viven la mayoría de los hambrientos del mundo. Una sangrante
paradoja señala que los pequeños productores de alimentos son los que más
sufren de hambre y desnutrición.
Con todo, hay datos para la
esperanza y quiero destacar algunos progresos. Actualmente, la Región es el
continente más avanzado en términos de leyes, instituciones, sensibilización y
conocimiento público sobre derecho a la alimentación. El hecho de que la
sociedad latinoamericana esté significativamente sensibilizada respecto a los problemas
del hambre y demande el respeto por los derechos humanos conlleva una gran
esperanza de que se puedan impulsar políticas de Estado para luchar contra el
hambre. En la región tenemos cuatro leyes
de Seguridad Alimentaria y nueve proyectos de ley en discusión. Además, hay
numerosos países donde los propios presidentes están impulsando programas
nacionales contra la desnutrición crónica infantil. Finalmente, existe una
Iniciativa regional llamada "América Latina y Caribe sin Hambre", que cuenta
con el apoyo político de todos los países de la región, y que persigue
posicionar la erradicación del hambre como Política de Estado.
Los profesionales, activistas,
investigadores y seres humanos sensibles que consideramos que el hambre es
inaceptable en el siglo XXI, que producimos suficientes alimentos para todos, y
que el derecho a la alimentación es un derecho básico para sobrevivir, nos
alegramos que el hambre vuelva a estar en la mira de los medios, en los debates
políticos nacionales y en las agendas de desarrollo internacional.
América Latina y el Caribe es
la única región en desarrollo que puede acabar con el hambre en nuestra
generación. No dejemos pasar esta oportunidad. Nuestros hijos, viviendo en un
mundo bien alimentado, nos agradecerán ese esfuerzo. Podemos, queremos y sabemos
hacerlo. Por tanto, vamos a hacerlo.





