Sexo frágil. Reina del hogar. Ojo morado, diente quebrado, sexo forzado. Miedo por sí misma y por los hijos, falta de comida, de documento, de ciudadanía.
En Brasil, según datos del IBOPE (Instituto Brasileño de Opinión y Pesquisa) y del Instituto Patrícia Galvão, cada quince segundos una mujer es golpeada. La Organización Mundial de la Salud apunta que 23% de las mujeres inglesas ya sufrió intento de estupro o fue estuprada por sus compañeros; en los Estados Unidos, 22% ya sufrió agresión. En Chile, 50%; en México, un tercio de las mujeres con más de 15 años sufre abuso y violencia. Ochenta por ciento de las víctimas de tráfico de personas es de mujeres, y Brasil es el campeón mundial en este tipo de crimen. El tráfico de mujeres es el tercero en términos de movimiento financiero, con cerca de 32 millones de dólares en el mundo, seguido sólo por el contrabando de armas y el tráfico de drogas. Janaina Stronzake (MST)
¿Por qué estos números de violencia, tan indicativos de una degradación de la humanidad? ¿De dónde brota esta violencia? ¿De la naturaleza humana?
Observemos a nuestro alrededor. Rige la ley del más fuerte. Del más fuerte, económicamente hablando, que es el más fuerte también del punto de vista político y mediático. El ‘fuerte’ busca por todos los medios mantener su fortaleza, inclusive y obviamente por la violencia. Éste es el sistema capitalista. A toda costa y por medio de sangre y manipulación son defendidos los intereses de algunos grupos dominantes.
El capitalismo tiene en sí la cultura de la violencia. Capitalismo es violencia, fue generado y parido por la violencia. Basta recordar el exterminio indígena, la expulsión de campesinos, la esclavitud negra, la explotación fabril de niños y mujeres hasta la muerte, las intervenciones militares… Pero, ¿por qué aquel novio amoroso acaba un día dando una paliza a su esposa? Siempre se oye: “no hay que meterse en peleas de marido y mujer”. ¿Esa violencia de género a quién concierne? ¿Es un problema individual o social? Así como la culpa del desempleo es endilgada al desempleado (acusado de estar descalificado, de no responder a los requisitos del mercado de trabajo, etc.), la culpa por la violencia de la cual es objeto es endilgada a la mujer (que no satisface los requisitos del macho…).
La violencia de género, hoy, se relaciona directamente al tipo de organización social en la que vivimos. Este sistema social engendra mecanismos de violencia y represión, como los círculos de una piedra lanzada al agua. La práctica de la violencia no es natural. La opresión sufrida en todos los lugares, los privilegios mantenidos para algunos y apenas ofrecidos para otros promueven la reproducción sistemática de la violencia, en la procura de la satisfacción individualista del deseo de poder, ya que sólo es sujeto en esta sociedad aquél o aquélla que dispone de algún poder, sea el que sea, incluyéndose ahí el poder de hacer sexo cuando se le da la gana, independientemente de los deseos de la compañera.
¿Cómo superar este estado de cosas? La violencia es un problema social y político, pero su superación está en nuestro cotidiano. En este sistema social actual no hay oasis, nuestro deber es construir una nueva manera de relacionarnos. Y esa nueva manera tiene que expandirse en toda la sociedad, pero comienza en el hogar de cada uno de nosotros, por el modo en que nos relacionamos con los que están a nuestro alrededor.
Creemos que el fin de la violencia viene con la conquista de la libertad. ¿Qué libertad? Tomemos el concepto de los compañeros y compañeras luchadores de El Salvador, que retrata bien lo que significa libertad para las trabajadoras y trabajadores del mundo: “el fin del hambre, del analfabetismo, de las enfermedades, de las casas de cartón (…). Significa también librarse de la intervención de los Estados Unidos en su país. Por fin, significa la liberación tanto de hombres como de mujeres”.
¿Cómo se puede construir tal libertad? Por cierto, no hay recetas. Pero la experiencia de las clases trabajadoras no nos deja perdidas y perdidos, por el contrario, nos apunta tareas que están planteadas para mujeres y hombres que aspiran a la paz en su más amplio sentido.
Una de ellas es la conquista de espacio en la producción y la tomada del poder económico. Tenemos que aprender y dominar las técnicas productivas, e inventar otras, ya en un nivel más elevado de relación con la naturaleza y con los hombres y las mujeres, sin depredación ni agotamiento, con nuevas bases tecnológicas.
Es preciso estudiar. La erradicación del analfabetismo y el desarrollo educacional en Cuba es una luz segura. Tenemos que alimentarnos del conocimiento acumulado por la humanidad, es un patrimonio de todos y de todas, que hoy es apropiado por algunos.
La juventud debe ser organizada y valorizada. Los jóvenes dan aliento y novedades a la persistencia de los que tienen más experiencia.
Tenemos que apropiarnos y tornar efectiva la comunicación popular. Precisamos contar nuestras luchas, nuestras victorias, y llamar al pueblo a ocupar la “escena”, utilizando radios, periódicos, TVs, y todo lo que esté a nuestro alcance y que nuestra creatividad nos permita aprovechar. Basta de reificación del ser humano, promovida por la red Globo y otros vehículos de comunicación burgueses, que venden mujeres como venden cerveza y fútbol.
Es preciso cultivar nuestros saberes, nuestras semillas, nuestros rituales, todo lo que nos identifica como clase trabajadora, enfrentando a las transnacionales oligopólicas, que pretenden destruir nuestros modos de vida. La memoria ocupa un lugar especial; debe ser mantenida, cultivada, nuestra memoria nos ayuda a decir quiénes somos, de dónde venimos y cuál es nuestro proyecto de sociedad.
Antes que nada, debemos mantener la unidad de clase, por medio de los principios morales y éticos que nos diferencian de la burguesía, y emprender sin miedo la lucha contra el capitalismo, contra el imperialismo, contra el neoliberalismo. Nuestro poder de unidad y organización no nos pueden ser robados.
Debemos preservar la más profunda solidaridad entre los pueblos y entre las personas. El discurso y la práctica de la solidaridad no pueden ser apropiados por la derecha capitalista, pues su sociedad es la del individualismo; ellos, lo máximo, llaman al voluntarismo, con la esperanza de distraer y apropiarse aun más de los recursos sociales no aplicados por el Estado en aquello que es su función. La solidaridad es fundamental para el reconocimiento de la mujer como igual al hombre, y para que tornemos efectiva nuestra emancipación.
La violencia contra la mujer es un problema político. Todo hombre que afirme que lucha por una nueva sociedad, que afirme que lucha contra el capital explotador, debe asumir también, e inapelablemente, la lucha por la emancipación femenina. El revolucionario del siglo XXI no puede no sentirse indignado con la doble condición subalterna de la mujer: como trabajadora y como mujer. No queremos sólo liberarnos del opresor de clase, y estar sometidas a una explotación de género; no queremos acabar con la opresión de género sin luchar también por la liberación de la clase social de los trabajadores y trabajadoras. No hay liberación de la mujer sin liberación de la clase trabajadora; no hay liberación de la clase trabajadora sin la liberación de la mujer. La libertad buscada, en aquel sentido ya citado y no la libertad burguesa tan pregonada, debe ser total y radical.
En el capitalismo, no habrá erradicación de la violencia contra la mujer. Las flores que van a barrer esta violencia, aún responden al nombre de socialismo.
(texto escrito por ocasión del 25.11.2007)





