OENEGEISMO Y POLITICA.
PARADOJAS DE UNA SOCIEDAD MUY POCO CIVIL.
Andrés Piqueras
Profesor de Antropología Social y Sociología
de la Universidad Jaume I de Castellón.
Miembro de SODEPAU PV

ARTÍCULO PUBLICADO EN LA REVISTA TÉMPORA, Nº 4, ABRIL 2001.

De las asociaciones voluntarias a las ONGs.
 

El asociacionismo es una expresión más o menos regulada de la sociabilidad, sobre el que la sociología positivista ha establecido diversas distinciones binarias que han sido utilizadas después por otras disciplinas. Entre las más significativas podemos resaltar la de formal/informal, autóctono/no autóctono, abierto/cerrado o tradicional/moderno. Pero es la distinción entre voluntario u obligatorio la que más importancia tendrá para nosotros, dado que quizás es la que mejor denota concepciones ideológicas propias del tipo de ciencia social mencionado.

Los criterios de "voluntariedad" están estrechamente ligados a una concepción liberal de la ciudadanía, que a su vez se sustenta en algunas ficciones sociales que más adelante veremos. Por el momento digamos que tales criterios se han hecho girar en torno a la capacidad de los miembos de incidir y participar libremente en la asociación, pero sobre todo, alrededor de su opción sobre la pertenencia o no a la misma.

Por más que la bibliografía al caso suele reconocer que ni las asociaciones ni la pertenencia a las mismas pueden desligarse ni del medio ni de las relaciones sociales en que están inmersos individuos y entidades, no se encuentran en aquélla serios intentos de analizar tal vinculación.

Sí se han hecho numerosos esfuerzos, por contra, para reseñar las funciones del asociacionismo, tanto a escala individual o grupal como a nivel macrosocial.

Las dos primeras vertientes han sido abordadas principalmente por la investigación antropológica, desde la que se ha hecho hincapié en la garantía de amparo que el tejido asociativo brinda a los ciudadanos, sobre todo a aquellos que se encuentran en situación de desarraigo social. Lo que explicaría el alto número de asociaciones que brotan en los núcleos de alta inmigración, o en general, en aquellos contextos socioeconómicos donde las carencias humanas son elevadas. También en aquellas sociedades donde las estructuras e instituciones formales del Estado no llegan a la población o muestran su carencia, las asociaciones voluntarias (AV) pueden sustituirlas en parte, desempeñando, se ha dicho, el papel de "puentes" entre el Estado y la propia comunidad.

Desde un punto de vista más estrictamente individual, se ha querido ver en las AV cauces privilegiados de integración social, así como de transmisión o generación de identidad. Se las ha señalado como campos de entrenamiento para la organización social y/o política, es decir, para el desarrollo de la capacidad organizativa o directiva de los individuos que las integran, y especialmente de aquellos que acceden a sus cargos directivos (verdaderos tests de pruebas para incursiones sociopolíticas de más amplia dimensión).

De igual forma, pudieran ser vías de obtención de prestigio o incluso poder, según las posibilidades y la importancia de cada asociación en un determinado contexto social. Aunque bien pueden perseguirse objetivos más inmediatos, como por ejemplo un liderazgo de tipo meramente grupal, o servir de paliativos a las carencias de la vida privada. De donde se desprende que, en cualquier caso, las AV son una rica fuente de capital relacional para los individuos.
 
En cuanto a sus funciones macrosociales, es esta vez la sociología la que más ha insistido en indicar algunas de las más importantes. Se ve a las AV como mantenedoras de un cierto sistema social (que a su vez las posibilita), y como educadoras en las normas o en la lógica interna del mismo, procurando la adaptación de los individuos a él.

De ellas se ha dicho que constituyen medios encauzadores y en cierta medida resolutores de las tensiones sociales.  Mecanismos, en suma, para el reparto de cuotas de participación entre la sociedad política y la sociedad civil.

Estos señalamientos, que parecen realizar una abstracción de las funciones del "asociacionismo voluntario" independientemente de la diversidad del mismo o de su importancia y vinculación socioinstitucional, admiten implícitamente una funcionalidad que de forma básica y latente subyace a este asociacionismo y que transciende los meros fines que pueden estar reconocidos por el mismo.

Lo especialmente reseñable, entonces, de tales argumentos es que nos abocan a considerar que en la participación asociativa se entremezclan constantemente razones de tipo expresivo (con sus correlatos de lealtad, solidaridad y compromiso ideológico), instrumental y normativo, así como las propias estructuras de posibilidad y los marcos culturales. De tal manera que un entramado hipercomplejo de razones y motivaciones puede subyacer a la afiliación y mayor o menor participación asociativas .

 
A lo largo de las últimas décadas del siglo XX, junto al espectacular aumento de todo tipo de asociaciones , tiene lugar una amplia diversificación de las mismas, así como una sustitución de las expresiones asociativas propias de anteriores coyunturas sociopolíticas. O bien, se produce una transmutación de las viejas formas en otras más actualizadas, resultado de la adaptación a los nuevos cauces socioinstitucionales. Lo que se corresponde, sobre todo en las organizaciones de acción social, con una tendencia a la
formalización, así como mayor dependencia de fondos externos.

Dentro de este tipo de asociacionismo, que distinguiremos del lúdico-festero (este último para practicar aficiones, deportes, artes, o realizar fiestas, etc.), el mencionado proceso de transformación se ha traducido principalmente en una eclosión de organizaciones de nuevo cuño, que han pasado a ser conocidas como ONGs.

Su denominación proviene de la terminología empleada por las Naciones Unidas al comenzar los años 50, para designar a las organizaciones internacionales cuya constitución no fuera consecuencia de un tratado internacional, ni tuvieran filiación directa gubernamental. Quiere esto decir que en un principio las ONGs (en realidad OINGs) respondían a los objetivos de la cooperación internacional, tanto para promover las relaciones entre países o intervenir en la resolución de conflictos, como para el desarrollo o la defensa de derechos de los pueblos.

No obstante, dado el prestigio que fueron adquiriendo entre las opiniones públicas del mundo, esta denominación ha sido adoptada por numerosas otras asociaciones de ámbito social. Lo que ha conllevado la pérdida del carácter distinguidor de tal término y, en general, una creciene indefinición o mezcolanza del mundo asociativo acogido bajo esta denominación .
 
 

Sobre el oenegeismo en las sociedades centrales.
 

Lo poco que podría decirse en conjunto de las ONGs es que son un tipo de AV que se constituyen con objeto de posibilitar o encauzar la participación pública para la consecución de un bien común, ya sea para el conjunto de los miembros de la propia asociación, para ciertos sectores de la sociedad más o menos vinculados al motivo de constitución de la asociación, o para el conjunto social.

Serían, por tanto, AV formales de carácter reivindicativo y/o de heteroayuda o autoayuda (con las distintas submodalidades que estas referencias pueden encerrar). Si bien, formalmente, nada impediría considerar a una asociación deportiva, recreativa, festera o incluso empresarial, como una "Organización No Gubernamental", prueba del ambiguo objeto de estudio con el que estamos tratando.

Estas expresiones actuales de las AV han conseguido en cualquier caso, sobre todo en las sociedades centrales, un auge proporcional muy importante durante las últimas décadas, generando un fenómeno que podríamos describir como oenegeismo .

Dos flujos de razones en realidad complementarias vienen a confluir para posibilitar el mismo: uno proveniente de lo que podría considerarse como la estructura de posibilidades políticas, el otro de la reestructuración organizativa de los propios sujetos sociales.

1. El primer flujo de razones, como se abundará más adelante, está en relación con el desmantelamiento del componente social del Estado, esto es, de la quiebra del "pacto" o modo de regulación keynesiano en las sociedades centrales, y el colapso del populismo estatal en las periféricas. Tal modo de regulación social propio del capitalismo monopolista de Estado, conllevaba la intervención en el factor de la demanda por parte del Estado como modo de procurar la acumulación capitalista, o lo que es lo mismo, su compromiso de cubrir una parte más o menos importante de la reproducción de la fuerza de trabajo confinada en las fronteras estatales. Reproducción que quedaba así en parte desmercantilizada, con la consiguiente liberación de una mayor proporción del salario para el consumo .

Con el paso del capitalismo monopolista de Estado al capitalismo monopolista transnacional, la relación de fuerzas se desequilibra abrumadoramente hacia el Capital, tanto a escala interestatal como intraestatal . El sueño del Capital de haber conseguido un mercado global para autorrealizarse, le empuja a perder en cada lugar buena parte de su atención sobre la vitalidad del mercado nacional y por tanto a declinar en gran medida su participación en la reproducción de su propia fuerza de trabajo, la cual, por su parte, pierde capacidad de negociar sus intereses y por tanto de reequilibrar la distribución de plusvalías y de dar forma al propio Estado. Este último fomentará o se descompondrá en adelante en multitud de agencias subsidiarias para mantener parcialmente algunas de sus anteriores funciones sociales: entre aquéllas las ONGs.
 
Todo ello perfila un proceso de dessocialización, que en la pluma de muchos autores ha sido descrito algo más eufemísticamente como de entrada en la "sociedad del riesgo": aquella en que se desmoronan las certidumbres y los marcos de protección colectivos, que son reemplazados por opciones individuales, autorreferentes. En adelante el individuo se convierte en la unidad de reproducción de lo social. Debe asegurarse por sí mismo su existencia y organizar su propia biografía .

Esta pugna por la sobrevivencia diaria potencia el retraimiento de la Política, como lugar donde se construye, decide y regula el devenir social y las posibilidades de participación y protagonismo de unos u otros seres humanos o sectores sociales en el mismo. Proceso que se traduce más tarde en una "afasia política" (Bilbao, 1995) o incapacidad de expresar en términos políticos las cuestiones sociales.

Se produce, además, consecuentemente, un transvase de protagonismo del ámbito social al privado, que cobra cada vez más centralidad en la vida de los actores sociales. De donde es fácil de inferir que lo privado también experimente un nuevo auge en la intervención social. Como de igual forma se explica la recuperación del protagonismo que cobran en este campo, sobre todo en las funciones asistencialistas, las diferentes Iglesias y sus organizaciones, que también en gran medida pasan a constituirse como ONGs. Confirmando en suma la hora del oenengeismo.
 

2. El segundo flujo de razones proviene, en las sociedades centrales, de la radical transformación de la propia clase obrera (con su segmentación, dualización y diversificación, etre otras circunstancias) y el paralelo colapso del movimiento obrero o su decantación más o menos socialdemócrata (incapaz después aquél de reaccionar a la ruptura del pacto keynesiano por parte del Capital).

También se nutre este cauce explicativo del declive de los que fueron llamados "nuevos movimientos sociales", con su parcialización y fragmentación, su incapacidad para pasar de ciertas reivindicaciones puntuales, su carencia de continuidad organizacional y programática, así como falta de vertebración política.

Hay que tener en cuenta que los "nuevos movimientos" transformadores surgieron para extremar la democracia y las demandas al Estado, para politizar lo personal y lo cotidiano, y buscar dimensiones de solidaridad e igualdad que enriquecieran la lucha tradicional de clase del movimiento obrero. La caída del empuje de ambos tipos de movimientos redundadará, por consiguiente, en la despolitización de la
vida cotidiana.

Parte de los anteriores "grandes sujetos" que constituían aquellos movimientos se atomizan, más tarde, en los microsujetos que la nueva estructura de posibilidades organizativas permitía: las ONGs .

Por eso mismo es conveniente hacer una revisión rigurosa de tal oportunidad asociativa, para no confundir coyunturas y procesos históricos con estrategias políticas más o menos colectivas ni con libres opciones de los individuos. Tales confusiones son más fáciles de producirse si tenemos en cuenta que el entramado explicativo del oenegeísmo está levantado, como decíamos al principio, sobre diversos mitos liberales, algunos de los cuales vamos a referir a continuación para después contraargumentarlos.
 
 

A) Del mito de la libre contractualidad al de la ciudadanía desarrollada o sociedad civil.

La modernidad capitalista, se dice, es por excelencia la época histórica en la que se rompen los vínculos no contractuales y se cuestiona cualquier diferencia natural de estatuto entre los individuos, que se supone que a partir de la ruptura de sus lazos de servidumbre son libres de elegir sus vinculaciones y su entrada o no en relaciones contractuales tanto laborales como de cualquier otro tipo.

Los individuos constituirían, así, una supuesta sociedad civil opuesta en principio a los estamentos político y militar. Dejada en "libertad", sería capaz de encontrar por sí misma el bienestar y progreso colectivos, que representarían el resultado lógico de los diferentes intereses particulares. En la práctica, sin embargo, esa sociedad civil se concebía integrada sólo por ciudadanos con capacidad participativa en la vida social y en los asuntos políticos, posibilidad que venía dada exclusivamente a través de la propiedad .

De tal concepción de la ciudadanía se desprende sin esfuerzo la "libertad" o "voluntariedad" de las relaciones contractuales o asociativas establecidas en su seno por los individuos concebidos a todos los efectos como libres. Con el desarrollo del capitalismo se pierde la visibilidad de los individuos como productores, en favor de su condición de "consumidores", virtud que pasa a ser componente esencial de su definición como "ciudadanos" en el tardocapitalismo,
reforzándose así aquella apreciación de "libertad".
 

B) Del mito de la sociedad civil al del Tercer Sector.

De la misma manera que se había hecho separar espúreamente del Estado una sociedad irreal, amorfa, sin definición, a la que se llamó "civil", se establece después una contraposición dicotómica que no por ficticia es menos recurrida:
 
      Estado - Mercado

En medio de ello sólo cabe un "Tercer Sector", al que se le supone compuesto por la sociedad civil y sus acciones, no estatales, no mercantiles. Sin mayor definición por medio.

Se conforma así el triángulo definitivo:
 
 
 

    Estado

 
              Mercado     Tercer Sector
 

En el que el Tercer Sector es el supuesto mundo de la "economía social", de los proveedores de bienes colectivos de la propia sociedad, sustitutos tanto de la (segmentada) provisión privada de bienes privados (esto es, del Mercado) como de la (crecientemente escasa) provisión pública de bienes públicos (o del Estado). Este "Sector" se manifestaría tanto a través de organizaciones de autoayuda como de heteroayuda, expresadas en un polifacético asociacionismo ciudadano, cooperativismo social u organizaciones de todo tipo.

Mediante el "voluntariado", la "economía social", "sostenible", etc. (elementos praxiológicos regulados por el Capital, que aprovecha para legitimar en adelante tanto su desentendimiento de lo social como la desestructuración de la sociedad que él mismo genera), y en general un variado asociacionismo reconvertido en oenegeísmo, se supone que la sociedad ("civil") corregirá las disfunciones del Estado y del Mercado.

El Tercer Sector se predica en suma, como el mundo de la "solidaridad", el de acciones y motivaciones más o menos altruistas, o al menos encaminadas a satisfacer necesidades que ni el Estado ni el Mercado pueden atender .

Obviamente esta simplificación es simétrica a la de sociedad civil, de hecho el de "Tercer Sector" parece que es un nuevo nombre que se le quiere dar a ésta (ávidamente recuperada -y ensalzada- por el Estado en las últimas décadas).
 
 

Contramitos: el análisis dialéctico.
 

Frente a estas propuestas ideológicas el análisis materialista dialéctico ofrece perspectivas y enunciados muy diferentes:
 

1] La concepción y materialidad de la ciudadanía está en relación con una constantemente cambiante correlación de fuerzas sociales. Sus contenidos y su mera existencia dependen también de esas fuerzas y de las realidades que definen.

Los fundamentos de la ciudadanía (capitalista) moderna se encuentran en los derechos civiles arrancados al Antiguo Régimen (libertad personal, libertad de expresión, de pensamiento, de fe, derecho a la justicia...). Pronto la burguesía se encargó de extenderlos para sí misma como derechos políticos, que en realidad serían derechos de sociatividad (empresarial, civil o política). Las luchas populares y después obreras consiguieron que tal sociatividad formal fuera reconocida al conjunto de la población (libertad de organizarse, de participar en asociaciones de diversa índole, así como en partidos, etc.).

Tras la Segunda Guerra Mundial, en el siglo XX y particularmente en las sociedades centrales, el mundo del trabajo es incorporado a la plena ciudadanía a través del modo de regulación keynesiano, que garantiza a la población obrera unos derechos sociales (vivienda, educación, protección ante el desempleo, vejez...) hasta entonces ajenos a ella.

En las décadas posteriores serán los sectores radicalizados de clase media los que, una vez integrada la clase obrera en las sociedades centrales, pugnarán por profundizar tales derechos, e incluso perseguirán una cuarta generación de los mismos: los derechos ecológicos.

En todo este tiempo el concepto de ciudadanía, como el de sociedad civil, ha ido transformándose sustancialmente para ir dando cabida, y a la vez adaptarse, a los nuevos derechos, siendo por tanto expresión de la lucha de clases de los dos últimos siglos, al tiempo que condicionante de la misma (Bottomore, 1998).

No deja de ser sorprendente, por eso, la clarividencia de Gramsci (1980) cuando concibiera a principios de siglo la sociedad civil como un proyecto en contínua construcción, como un componente esencial de la hegemonía: espacio donde se producen y difunden las representaciones ideológicas, donde se fabrica el consenso. Por eso para este teórico la sociedad civil es también Estado, pues éste, en contra de la doctrina liberal que lo ve sólo como aparato institucional de gobierno, es el resultado de las relaciones de fuerza y poder mantenidas al interior de la sociedad. La distinta forma política en que en cada sociedad se expresa la lucha de clases.

Pero por eso mismo la sociedad civil puede ser también lugar de contestación, "escenario legítimo de confrontación de aspiraciones, deseos, objetivos, imágenes, creencias, identidades, proyectos, que expresan la diversiad constituyente de lo social" (Acanda, 1997). Sin embargo, la habilidad de la clase detentadora del poder "radica no en intentar impedir las manifestaciones de esta diversidad, sino en cooptar todas ellas dentro de su proyecto de construcción global del entramado social" (ibídem).

En el presente, la hegemonía del Capital ha conseguido por ahora imponer también una realidad de la sociedad civil ajena a ese lugar de posibilidad y transformación social, ocupado por sujetos autónomos, para proponer más bien una supuesta homogenización (amorfización) de los individuos, que sin clases sociales ni diferencias de poder, son convertidos en ciudadanos. La participación popular se limita en su mayor parte y es encauzada a formas corporatistas o a objetivos asociativos tan sencillos como inocentes, mientras que la actividad más pública se traduce en expresiones parroquialistas, asistencialistas o paliativas, y en cualquier caso, despolitizadas. En adelante, cuando los ciudadanos intervienen en lo social, pasan a ser voluntarios.
 

2] Todo ello se corresponde con el hecho de que la ciudadanía, como realidad fáctica, está hoy en declive en todo el mundo. Esto es resultado de la seria limitación de los derechos sociales (los ecológicos parecen haberse quedado en fase de aspiración) en las sociedades centrales y su parca existencia en las periféricas, gracias a la aludida desestructuración de lo social.

Con la recomposición de fuerzas en favor del Capital que se produce con el capitalismo monopolista transnacional, se acentúa su ofensiva de clase en todo el planeta, en detrimento de las clases que-viven-del-trabajo, a la par que precisamente por eso para ellas se difumina la conciencia de clase.

Cuando habíamos creído que los derechos sociales no harían sino extenderse y que la práctica de la ciudadanía se enriquecería de contenido cada vez más, la restauración liberal de la "era postcomunista" ha vuelto a poner al mando al Mercado, imponiendo con más fuerza en lo social criterios de racionalidad maximizadora que generan crecientes formas de exclusión. Se produce, de esta guisa, una remercantilización de lo público o privatización de aquellos "derechos sociales", con el consiguiente retroceso de la ciudadanía para buena parte de la población y la generalizada mutilación de sus prerrogativas para el conjunto social.

Por añadidura, se tiende cada vez más a remarcar la distinción entre "nacionales" y "no nacionales" para poder gozar de los menguantes contenidos de tal ciudadanía. Con lo que se pretende que una buena parte la fuerza de trabajo mundial obligada a emigrar carezca de los más elementales derechos políticos y sociales, retrotrayéndola a las condiciones de sobre-explotación e indefensión de la Primera Revolución Industrial .

3] La asociatividad, en el capitalismo, contiene siempre un componente forzado o dirigido.

Ya Marx señalaría que en el sistema capitalista los tipos de contrato, en tanto en cuanto se realizan entre personas que no ocupan igual posición en el Mercado, se traducen en relaciones entre desiguales. Desigualdad que afecta fundamentalmente a las relaciones económicas donde aquellos contratos se efectúan, ya que éste no sólo es un sistema explotador sino opresor o despótico: "el mercado de trabajo asigna poder a las partes contratantes porque el trabajo posee atributos disputados -esfuerzo, intensidad y calidad- que necesitan ser extraídos endógenamente: permite el ejercicio de la dominación y la coacción por parte de los agentes económicos mejor ubicados" (A.de Francisco, 1996/97) . Pero que se extiende a la postre, al conjunto de relaciones asociativas.

Por ello el desarrollo del capitalismo ha ido destruyendo en realidad el tejido asociativo popular constituido en aras de conseguir objetivos económicos y sociales comunes, para sustituirlo por las relaciones mercantiles (contractuales), donde el asociacionismo tiene, como se ha dicho, un marcado componente coactivo o forzado. Con ello se erosiona también la corresponsabilidad con lo social, el ámbito de las obligaciones recíprocas de los individuos para su bien común.

No es de extrañar que por eso mismo las diferentes generaciones de derechos sean reformuladas de nuevo bajo el vago y poco comprometedor epígrafe de Derechos Humanos. Éstos son propugnados como expresión ideológica de los derechos individuales, lo que por un lado les aparta de su consecución y reivindicación colectivas (consecuentemente con la individualización jurídica y política que impone el Capital) y por otro oblitera y oculta los compromisos sociales que todo derecho conlleva (convirtiéndolos en derechos sin compromisos, aparentemente otorgados a cada individuo de forma natural).

Tampoco hay que perder de vista, por consiguiente, que las relaciones asociativas son relaciones constitutivas de poder, a las que no se les puede atribuir la inocencia que comúnmente se les concede: los individuos se asocian (o son asociados) para luchar por algo y/o contra algo. Esto es un resultado necesario -a la vez que cofactor- de la relación de contractualidad-dominación capitalistas (Acanda). Controlar las formas asociativas de los subalternos es una contínua apuesta (necesidad) de la clase dominante.

En el ámbito del "voluntariado" (léase igualmente Tercer Sector o sociedad civil), como en cualquier otro, confluyen y chocan los intereses de las diferentes fuerzas políticas y sociales. Lejos, pues, de ser la materialización de un pretendido mundo "desinteresado" o "altruista".
 

4] Tampoco el Tercer Sector, de tener éste alguna traducción empírica, puede ser nunca ese ámbito prepolítico que predica el pensamiento liberal, sino que responde a determinados procesos de reestructuración de la regulación del régimen de acumulación capitalista. Reestructuración que promueve, por un lado, instituciones y organismos globales que velen por la acumulación de capital a escala planetaria (BM, FMI, ONU, OMC, OTAN, UE, G-8, etc.) fuera del alcance de la Política tradicional y del control de los ciudadanos (con la consiguiente pérdida general de democracia del Sistema). Mientras que por otro lado facilita tanto economías populares de sobrevivencia como sociedades locales que se escapan a la "civilidad" liberal-burguesa y también a la que quiso instaurar la socialdemocracia.

Es ahí donde el Tercer Sector se concibe como refugio de individuos, colectivos, sectores de población y comunidades enteras ante el actual proceso de dessocialización. Sería en realidad, el campo de la necesidad, expresado en la necesaria autoayuda y búsqueda de la supervivencia para amplios sectores populares, ante la desatención del Estado y del Mercado. También es, por tanto, el espacio social para quienes intervienen en estos sectores desde diversas instituciones o entidades, así como desde el oenegeísmo.

Producto por tanto de lo político, es cierto que este ámbito se encuentra hoy en gran medida despolitizado (en cuanto que  carente de conciencia política), pero no por eso ajeno al terreno de las luchas .

Por eso el ahínco puesto en el Tercer Sector hay que concebirlo más bien como una estrategia de la clase capitalista para asegurar la subsunción de la sociedad (y del Estado) al Capital y conseguir la disciplina del Trabajo en todas las esferas sociales, poniéndolo al servicio de las agencias postfordistas de trabajo precario e informal para rentabilizarlo a muy bajos costes o incluso de forma gratuita (Rizzardini, 1997).

La motivación, explotación y reproducción de la fuerza de trabajo se consigue más fácilmente dado que por una parte los sectores populares aquí implicados asumen o interiorizan su sobre-explotación y/o su auto-explotación, y por otra, el Estado asegura en parte la reproducción de esta fuerza de trabajo mediante el trabajo gratuito o semigratuito proveniente del oenegeismo u otras instancias intervinientes.

Lo que quiere decir que a la postre este Sector resulta ciertamente lucrativo .
 

5] Las luchas sociales conforman nuevas formas de ser del Estado y abren otras posibilidades de regulación social.

El Estado es un aspecto de las relaciones sociales del Capital, es una forma históricamente específica de la dominación y del antagonismo de clase y por tanto está atravesado en todas sus instituciones, procedimientos y emisiones ideológicas por esa contradicción. No se trata de un epifenómeno de la dominación económica. Lo económico y lo político, como el resto de órdenes sociales, son manifestaciones en las que se expresa la dominación del Capital y sus contradicciones o lucha de clases (Holloway, 1994) -y también de otras formas de desigualdad-. La fetichización del Estado como si fuese una entidad autónoma por encima del resto de la sociedad, que a su vez se concibe como algo aparte del mismo ("civil") , dificulta la alternatividad: separando artificialmente lucha económica de lucha política, trabajador de ciudadano.

Por eso el oenegeísmo es parte de la expresión que adquieren hoy las relaciones de fuerza Capital-Trabajo (muy favorables, por cierto, al Capital). Son expresión de la autoatomización del Estado, algo así como burocracias estatistas más flexibles y precarias .

De ahí que oponer sin más precaución las ONGs al estatismo resulta poco acertado: son más bien una expresión del estatismo avanzado (García-Salmones, 1999). Sin embargo, no por eso hemos de pensar que se trata de entidades necesariamente subordinadas a lo gubernamental. Las ONGs provienen y reflejan todo el espectro social, desde las que forman los sujetos de clase más organizados como pueden ser los propios empresarios, o las derivadas de las distintas expresiones orgánicas de las fuerzas sociales o políticas en liza, hasta las que proceden del conjunto social más desorganizado, aprovechando todas, como dijimos, la estructura de oportunidades políticas abiertas por la tendencia actual del Estado. Si empleáramos una analogía médica, podríamos hablar de al menos cierta parte de las ONGs como organismos oportunistas del Sistema que aprovechan las vías de nidación generadas por el mismo sin contribuir necesariamente con él, al menos de forma directa, o incluso en algunos casos contradiciéndolo con su intervención (esto es, contribuyendo a debilitarlo).

En este sentido podríamos aprovechar nosotros para aventurar una concreta (y sucinta) clasificación de las ONGs:

1/ Aquellas que se declaran como "apolíticas", sin vinculación manifiesta a estructuras organizativas de clase o confesionales.

Pueden dividirse en ONGs de ayuda, heteroayuda, emergencia, desarrollo y de defensa de Derechos Humanos en general, o derechos de segmentos de población (niños, mujeres, ancianos, pueblos, inmigrantes...) o de animales, de la naturaleza, etc. También de "solidaridad" difusa (a partir de la noción de la misma hegemonizada en el Tercer Sector, como se apuntó), a menudo de alcance internacional. Asimismo pueden incluirse aquí la mayor parte de las asociaciones gremiales del tipo "sin fronteras".

Entre los componentes de las ONGs incluidas en este bloque prima la noción de voluntariado, en el sentido de donación de tiempo y esfuerzo individual, más allá de si tal donación tiene o no recompensa económica o sociopolítica. Estas organizaciones suelen desempeñar los cometidos más funcionales al Sistema, aunque a la vez pueden manifestar sus variadas contradicciones, a veces incluso acentuándolas, al trabajar sobre los efectos inmediatos de ellas. Tienden por lo general, sin embargo, a homogeneizar las diferentes situaciones y sus causas, que se ven en común como "objetos de ayuda" despolitizados.
 

2/ Aquellas que se reconocen políticas o confesionales.

a) Bien pueden estar vinculadas, orgánicamente o no, a Iglesias, Partidos, sindicatos, organismos empresariales, etc. . Aunque su intencionalidad política no siempre se hace consciente para todos sus miembros. Las Iglesias priman el voluntariado y la "ayuda" y se asemejan en sus características generales de actuación y membrecía a las del apartado anterior, abarcando todo el espectro de objetivos del oenegeísmo.

Las restantes tienen una composición y radio de intervención algo más seleccionados políticamente. Todas en general responden a esquemas funcionales pero de forma más sectorial o partidaria que en el caso anterior.

b) O bien un reducido porcentaje, pueden no presentar vinculación alguna con entidades políticas o confesionales existentes. Provienen generalmente de la fragmentación de las organizaciones y Partidos de la izquierda más minoritaria o extraparlamentaria. Acopian una noción de la solidaridad deudora del internacionalismo marxista (como lucha común de y con quienes intervienen por la transformación sistémica). Suele prevalecer en ellas también una concepción de la militancia como accionar y compromiso colectivos políticos, por encima de la noción de voluntariado pareja a la ideología de la sociedad civil. Abarcan los ámbitos del desarrollo, la formación-investigación y/o el estudio-documentación.
 

3/ Por último podría hablarse, sobre todo en las sociedades periféricas, y muy especialmente en el ámbito del desarrollo, de ONGDs que hacen las veces de gestoras. Altamente profesionalizadas y burocratizadas, realizan una latente función de intermediarias entre los Estados centrales y los periféricos, al hacer de contrapartes de ONGDs de las sociedades centrales.
 

El conjunto de las ONGs conlleva formas de actuación, procedimientos y objetivos muy variados. También muy diferentes tipos de intervenciones, elección y relaciones con contrapartes cuando las hubiere (como en el caso de las ONGDs), tipos de proyectos y formas de supervisarlos, así como relación o vinculación con las instituciones. De ahí la futilidad de intentar hacer valer un mismo análisis para todas.
 
Ahora bien, lo que sí es cierto es que unas u otras expresiones del oenegeísmo imperante responden a algunos parámetros y procesos estructurales similares. Todas están sujetas y en una u otra medida son hijas de lo que algunos sociólogos han llamado la nueva gobernalidad propia del capitalismo monopolista transnacional y su expresión ideológica o neoliberalismo. En este contexto los poderes buscan crear las condiciones subjetivas para la autorregulación y el autocontrol de los propios ciudadanos. Éstos han de erigirse en individuos responsables, elementos de una comunidad autogobernada (individuos que sean capaces de formar sus asociaciones para velar por su propio interés). El Estado, por su parte, ejerce un control "a distancia" a través de presupuestos, contabilidades o auditorías, así como otras medidas "objetivas" (a menudo también "numéricas"): indicadores, resultados, monitorizaciones, evaluaciones, etc.
Dispositivos a través de los que las organizaciones se disciplinan también a sí mismas, auotaplicándoselos. Confieriendo realidad, en definitiva, a lo que se ha llamado una autonomía regulada (Rose, 1996, 1997 ) o dirigida.

Proceso que se corresponde plenamente con la presión de los poderes públicos para hacer de las ONGs agencias de subcontratación, a imagen de lo que sucede en el conjunto de la economía capitalista actual, y con similares consecuencias: realización de los trabajos con menor costo directo de la mano de obra, mientras que los costos indirectos de la misma y la responsabilidad final del trabajo recae sobre las agencias subcontratadas .
 
De una u otra manera, y una vez que la clase proletaria ha sido en buena parte transformada de nuevo en "pobre", toda vez que el Estado renuncia a considerar como sociedad a una parte de la población (de ahí surge el reciente concepto de marginación ), es más fácil de entender que los esfuerzos del Estado vayan destinados a conseguir que el oenegeísmo advenga una fuente de subcontratismo para la intervención paliativa (tanto en el ámbito intraestatal como interestatal).

Por otro lado, con la acentuación de las técnicas de control por parte de las diferentes administraciones públicas, se produce un creciente desvío de energías del trabajo social o político al interior de las ONGs, hacia cometidos burocráticos. Lo cual tiende igualmente a acrecentar su dependencia de personas contratadas para cumplir tales cometidos, y en general, encamina al mundo del oenegeísmo hacia la profesionalización o la creciente inclusión del trabajo de "expertos" o profesionales. Dinámica que es doblemente funcional al Sistema, pues sirve también para dar cabida a profesionales de los distintos ámbitos de lo social que no tienen posibilidades en el mercado de trabajo formal, descargando a éste de tal "responsabilidad".

La paralización o condicionamiento de la actividad a causa del hipercontrol a distancia y el celo puesto sobre la "funcionalidad" de sus actuaciones, encauza de igual manera una "selección natural" en el oenegeísmo, en detrimento de las organizaciones con menos respaldos institucionales o más contestarias, y decanta a las ONGs en general hacia las fusiones o las macrodimensiones para poder sobrevivir.

Una cuestión clave en la actual encrucijada será, por tanto, saber el poder de interlocución de las ONGs, hasta qué punto estas expresiones organizativas hijas de una coyuntura y un tiempo histórico muy concretos, podrán hacerse valer como sujetos autónomos, capaces de generar nuevos espacios de regulación social.

Hoy por hoy, sin embargo, han devenido por lo común ámbitos micromorales o comunitarios cuya actividad puede ser un fin en sí mismo para muchos de sus componentes. Constituyen núcleos reales o virtuales de identificación y compromiso que si bien permiten entrever variadas posibilidades de apertura social en el futuro, facilitan también las vías en que pueden ser gobernados los ciudadanos, muchas veces confinados en la autocomplacencia de estos espacios. Esta nueva forma de gobernar cuenta con, y exige, la máxima aportación de energía de los propios individuos, que cuando corresponde, son conminados a desplegar todos sus recursos para garantizarse su supervivencia .

La suma de procesos aludidos confluyen para conformar algunas de las principales características -tan remarcadas por Petras (1999, 2000a, 2000b)-, que comparte en gran medida el común de las ONGs:

- Son organizaciones "privadas", altamente dependientes de los centros de poder-financiación.

- Portadoras de recursos necesarios (ante la ausencia del Estado), pero al tiempo nunca suficientes.

- Proclives a generar clientelas y/o competencias por recibir tales recursos, entre los sectores sociales necesitados.

- Representan indirectamente tales situaciones y sectores sociales, ya que no suelen provenir de los mismos.

- Su composición de clase es diferente: son sectores de clase media que hacen de intermediarios entre los pobres y el         Estado, tanto a nivel nacional como internacional.

- Susceptibles con su propio accionar de suplantar a las organizaciones populares y en general el tejido social de clase fruto de la autoorganización, más conscientemente político en sus acciones y objetivos.

- Son, como se dijo para el conjunto de las asociaciones voluntarias, vías de promoción social y entrenamiento           profesional y político, así como de inserción laboral o fuentes de empleo en sí mismas.
 

En general, las acciones de las ONGs muestran ser:

- concretas o puntuales

- "funcionales" (según carencias detectadas, objetivos  concretos)

- integradas en el orden dado de las cosas

- aisladas entre sí, por lo que a veces compiten por, o  duplican sus actuaciones

- desgarradas en sus intervenciones (nunca buscan la  totalidad)

- desconectadas de proyectos integrales de acceso a la  Política, y por consiguiente, de la transformación estructural.

 
Lo cual no deja de estar en concordancia con las actuales formas de intervención estatal (compañeras a su vez de la desrregulación social postfordista y antikeynesiana), que se manifiestan:
 

* Selectivas y paliativas: se orientan a los aledaños del Sistema, para intentar evitar el derrumbe social y la           desintegración de los segmentos periféricos y premarginales del mismo.

* Asistencialistas y de neobeneficencia (como en la Primera  Revolución Industrial): generan y/o perpetúan la                dependencia, sin contrapartida de accionar sociopolítico autoorganizado.

* Segmentadas territorialmente: ligadas a menudo a la voluntad política de unidades administrativas por debajo del Estado,     con lo que pierden la integración social global de derechos y perspectivas.

* Desuniversalizadas: no atañen al conjunto de la sociedad  sino sólo a sectores concretos, con miras a evitar la           desestabilización que la excesiva pobreza pueda generar en todo el Sistema (ver Alonso, 1999).
 

Sin embargo, como se ha dicho, aun en estas adversas condiciones sociopolíticas el oenegeísmo y el mundo asociativo en general, como en conjunto el llamado Tercer Sector, constituyen también campos de batalla propios de la actual desrregulación capitalista de lo social, donde son susceptibles de confluir las estrategias de intervención de los diferentes actores y sujetos sociales, o desde donde se pudiera también regenerar el tejido social. Falta concretar, en este sentido, la capacidad de las fuerzas y organizaciones políticas transformadoras para diseñar nuevas y más ricas articulaciones de sujetos colectivos y aprovechar este terreno que han ido abonando poco a poco los diferentes sectores de la sociedad.

Una sociedad que en amplia medida está aprendiendo o reaprendiendo a organizarse a través de los cauces que hoy son más viables bajo las actuales estructuras de posibilidad política. La ingente variedad de asociacionismo ciudadano, cooperativismo social, organizaciones de ayuda y autoayuda que proliferan en cada vez más sociedades son, de una u otra manera, lugares de aprendizaje y entrenamiento en la participación; de creación de valores de uso por sobre los de cambio. A poco que se modifiquen ciertas correlaciones de fuerza o se altere el entramado de la hegemonía de clase actual, pueden convertirse en focos de politización de la sociedad, expresiones de la autoconstrucción de su fuerza para marcar otros parámetros a la forma de ser Estado y Mercado, de establecer modelos sociales en donde, de tener cabida, estos dos componentes estarían a su servicio, dado que la hegemonía se habría desplazado a la mayoría social . Una mayoría, por lo tanto, con más capacidad de autogestión .
 

En suma:

El oenegeísmo es fruto de la confluencia del desarrollo asociativo tardocapitalista y de la actual forma de desrregulación social postkeynesiana (en las sociedades centrales) y postpopulista (en las periféricas) suscitada por el capitalismo monopolista transnacional. En su eclosión se mezclan razones asociativas propias del dinamismo de la sociedad (traducidas también en motivaciones personales), con un marco político-económico que las posibilitó y estimuló. Su decantación actual se debe en buena parte a factores de carácter estructural que encuazan y potencian un tipo de asociacionismo "de fines sociales", asistencialista y paliativo. Pero a su vez, paradójicamente, este asociacionismo hace hincapié o actúa sobre las mismas contradicciones del Sistema, aumentando a veces su visibilidad. Esto último unido a su papel como cauce de confluencia y participación de actores de otra forma dispersos, así como a sus potencialidades de articulación social, hace pender sobre el mismo una contínua reorientación o refuncionalización, por lo que no pueden obviarse sus posibilidades transformadoras.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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