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Rafael Bautista (especial para ARGENPRESS.info)
Autor de "OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA" y "LA MEMORIA OBSTINADA".
El golpe civil-militar producido en Honduras, delata una
rearticulación, no sólo de las oligarquías latinoamericanas, sino del
propio poder norteamericano. También delata el carácter colonial de un
Estado, en cuyo interior se origina una sedición pues no sólo se trata
de un golpe militar sino congresal, judicial y electoral contra un
gobierno legítimo y contra el propio pueblo, al cual, en definitiva,
golpea.
La aventura que, ahora, busca la
"negociación", como modo de legitimar un acto de sedición, no es tan
desesperada como se cree. Tampoco pareciera tratarse sólo de un ensayo
desvariado. Lo que empieza a cobrar cuerpo es el renacimiento de una
geopolítica de la distensión. En sus dos sentidos, se trata tanto de
dislocar como de aflojar: se pretende dislocar una posible
consolidación centroamericana del ALBA y de aflojar la fuerza, mediante
la amenaza, de gobiernos democráticos de la región. Es decir, lo que
interesa al Pentágono no es el golpe en sí, sino el calibre de la
respuesta que pueda ofrecer un bloque conjunto del sur.
Por eso
dilata el desenlace, y desvía su cauce hacia ámbitos "legales"
(pertinentes al sector dominante), para medir la magnitud que pueda
tener una respuesta latinoamericana. Más allá de los discursos, la
capacidad efectiva institucional de respuesta ya sea del ALBA, del
UNASUR, o de la misma OEA está demostrando ser todavía débil. El
propósito inicial sería debilitar, aun más, toda respuesta conjunta,
sobre todo centroamericana; de ese modo aislar a Chavez, para que su
mirada se dirija exclusivamente a un sur (donde la derecha recupera
posiciones en Argentina y Uruguay, y donde Colombia y Perú se reafirman
como satélites) con menos capacidad de acción. Si se lograra debilitar
el bloque del sur (por eso la presidenta Cristina se preocupa, porque
algo similar le puede ocurrir en Argentina), las burguesías de Brasil y
Argentina, no tardarían en sacrificar un destino común y soberano, por
proyectos mezquinos, ligados siempre a la sobrevivencia del imperio
agónico del norte. Como es costumbre, en nuestra historia colonial, la
clase dominante apostaría su sobrevivencia condenándonos, otra vez, a
una nueva dependencia (también con la complicidad de una izquierda
extremista que sacrificaría al pueblo por sus maximalismos).
Por
eso, la verdadera respuesta que podamos ofrecer, pasa por la
movilización popular y la ampliación democrática del conjunto de las
decisiones. La sede soberana del poder es el pueblo mismo; devolverle
esa soberanía es la única garantía de esta nueva y definitiva
independencia. Los imperios siempre han menospreciado a los pueblos y,
en ese menosprecio, sin advertirlo, han socavado siempre su poder. Por
eso las grandes cadenas de información intentan ocultar el repudio
popular al golpe, e insisten en la invención mediática de legitimidad
que necesitan los golpistas para lavar su imagen ante el mundo. El ya
fenecido imperio gringo (ya que el fracaso en Irak y la crisis
financiera global han puesto fin al poder unipolar mundial) patrocina
un desenlace "legal", porque sabe que el orden constituido, en países
como Honduras, puede asegurar la impunidad y la injerencia. Lo que no
concibe su apuesta es una respuesta popular, es decir, democrática. A
estas alturas, un nuevo revés, como el dado en Venezuela, el 2002, y en
Bolivia, el 2008, arrinconaría a la derecha continental al baúl de los
recuerdos.
Sopesar este riesgo supondría sensatez en las
acciones. Pero la decadencia suele estar acompañada de ceguera. La ira
que provoca al poderoso la derrota, le nubla el juicio; por eso
responde torpemente. La derrota norteamericana en Irak lleva a
arrinconar sus ambiciones en Afganistán, pues necesita asegurar ciertos
corredores geopolíticos mientras concibe una forma de recuperar lo
perdido. Pero ya nada augura una recuperación, ni siquiera económica,
de la anterior potencia unipolar del mundo. Hasta Rusia tiene mejores
perspectivas, de lo cual no sólo Sarkozi es consciente sino también el
mismo Obama. Pero Obama puede estar envuelto en el síndrome Kennedy:
recluido en la Casa Blanca por el complejo militar-industrial (el poder
detrás del trono). La ceguera es de la extrema derecha gringa que,
reciclada en el gobierno actual, continúa la política Bush hasta sus
últimas consecuencias. Eso pasa por recuperar, a como de lugar, su
influencia continental y rearticular, no importando los costos, a las
oligarquías latinoamericanas en torno suyo.
Por eso no es algo
ajeno lo que sucede en Honduras. Aquel golpe retrata, de cuerpo entero,
a la derecha jurásica que padecemos en nuestros países. Su prepotencia
discursiva y el abuso de su fuerza muestran, en definitiva, la ausencia
de legitimidad que perfora toda su añorada estabilidad; consecuencia
inevitable de haberse sostenido siempre en intereses antinacionales. La
débil burguesía y su consecuente capitalismo raquítico, nunca se
propuso construir legitimidad nacional. Lo que se tradujo en su
devaluación en simple oligarquía, incapaz de asumir su propio
desarrollo en un desarrollo nacional. Es decir, devenir en oligarquía
amputó, para siempre, su posibilidad de constituirse en burguesía
efectiva; de ese modo, el sector dominante, se condenó a una
dependencia sistemática del capital transnacional. Subordinándose a un
capital ajeno nunca fue capaz de generar un capital propio.
Subdesarrollando a su país se subdesarrolló a sí mismo, como simple
gestionador del saqueo.
El precio que pagamos, gestionado por
las oligarquías, fue el cercenamiento de nuestra soberanía, el
holocausto de nuestros pueblos y la rifa de nuestros recursos. El
ejercicio del poder, en manos de las oligarquías, se redujo a la
necrológica administración de la pura represión. Honduras es claro
ejemplo de ello. No en vano fue trampolín estratégico de la CIA, para
planificar, desde allí, el derrocamiento del gobierno democrático, en
Guatemala, de Jacobo Arbenz. Desde aquel 1954, la historia de golpes
militares, made in USA, no paró en nuestro continente. También Honduras
fue punta de lanza para la invasión a Cuba, en el 61; así como cuartel
de los contras y de 20.000 mercenarios, entrenados por la CIA para
destruir la revolución sandinista, en los ochenta. Por eso no es raro
encontrar allí una derecha de tamaña insolencia: destruir con las armas
una consulta popular.
Pero eso no lo hace sola (el cobarde nunca
actúa sino es al amparo del poderoso). Por eso el grupo derechista Paz
y Democracia (financiado por USAID) puede señalar, vía CNN, que "no
hubo golpe sino una transición a la democracia". Si el mismo congreso
hondureño es parte del golpe, lo es porque la constitución que
defienden (a la cual señalan tener "principios pétreos", es decir,
intocables, como si fuesen sagrados) es obra de la subordinación tácita
a la administración Reagan. Aquella supuesta "pétrea" carta
constitucional, es producto de la guerra fría; se trata de una carta
normativa que limita la participación popular en asuntos públicos.
Entonces, ¿de qué democracia dicen sentirse guardianes? De la misma
democracia que, en Bolivia, dicen defender los terroristas (protegidos
por la derecha prefectural del oriente, los comités cívicos, los grupos
de poder, medios de comunicación y partidos neoliberales; entidades
apoyadas y hasta financiadas por USAID, NED, CONFILAR, SIP, etc.): la
democracia made in USA. Democracia concebida por la "Comisión
Trilateral", adoptada por sociedades domesticadas en las dictaduras de
"seguridad nacional", para consentir un saqueo más sofisticado.
La
democracia que nos vendieron costó nuestra dignidad: habíamos
justificado una reconquista. En ese sentido, quienes padecieron siempre
el peso real del sometimiento nacional, habían insistido, desde su
exclusión centenaria, en mostrarnos la envergadura de la contradicción
que arrastrábamos: sin incorporación de la nación toda, es imposible
cualquier desarrollo. Tampoco podemos desarrollar una política
coherente de liberación, sin incorporación real del sujeto del cambio:
el pueblo. Por eso, toda solución pasa por reconocer que la sede
soberana del poder es el propio pueblo. Si una política de dominación
ha consistido siempre en la fragmentación del pueblo, una política de
liberación pasa por la conjunción estratégica del pueblo. Y de los
pueblos.
Lo que es congruente a nivel nacional lo es también a
nivel continental. Por eso Washington castiga a Honduras, para sentar
un precedente, una advertencia para los otros países del Caribe: lo que
podría suceder si se acercan a Chávez. Distender es también separar;
por ello la respuesta al golpe no puede ser unilateral sino conjunta,
incorporando en una sola voz a todos los pueblos de nuestra América.
Porque, además, el detonante fue la derogación de una indigna decisión
que tomó la OEA el 1962. La reparación de aquella injusticia se produjo
en San Pedro Sula, Honduras: por primera vez, de modo soberano, la OEA
reconocía la injusticia cometida contra Cuba. Esto irritó no sólo a los
gusanos de Miami sino al Pentágono. Quienes descargaron sus ímpetus en
un castigo ejemplar, con la complicidad de la derecha hondureña. El
castigo es advertencia para todos, por eso la repuesta sólo puede ser
conjunta y unánime.
Pero la estrategia geopolítica de la
distensión (que pretenden los gringos) no acaba en un simple castigo,
va más allá. Si el golpe se consolidara, generaría un efecto dominó. Lo
que Washington estaría procurando es desplazar a un aliado de Chávez (y
arrinconar a los otros), con el fin de menguar su influencia en el
Caribe; influencia también negativa para los intereses oligárquicos
regionales (no es ningún secreto la estrecha relación de intereses
entre las oligarquías de Honduras y Costa Rica; por ello, el interés de
Arias, avalado por Washington, no puede ser consentido inocentemente).
Si no triunfara el golpe, Washington y la derecha hondureña, vía
"negociaciones", se encargarían de arrinconar a Zelaya, para hacerle
imposible ejercer un mando real, e imposibilitarle toda acción para, en
menos de 6 meses, poner un candidato títere. Esta posibilidad es la que
empieza a entusiasmar a las oligarquías; por eso se dilata el
desenlace, haciendo del desgaste de las movilizaciones populares, el
antecedente de una política de resignación que asuman los demás
gobiernos. El triunfo inmediato se manifestaría en fracturar una
consolidación centroamericana del ALBA.
La siguiente fase
enfocaría su atención en el sur. Porque las cosas no se pintan tan
desesperanzadoras para Washington: en Argentina y Uruguay triunfa la
derecha (a esto se suma la vuelta de la mafia a la política mexicana).
Perú y Colombia son fichas a las cuales no ha de renunciar. De ese
modo, rearticular a las demás derechas del continente, para lanzar una
nueva ofensiva de recuperación geopolítica, no le parece tan
descabellado. Por eso la derecha boliviana (sobre todo la más fascista,
la cruceña) ve con buenos ojos el golpe en Honduras; es eso lo que
desearían ver replicado en el país que ven perder. Por eso, después de
fracasado el golpe cívico-prefectural y descubierta la intentona
separatista vía terrorismo, no conciben otra apuesta que la misma que
originó su poder: subordinarse al amo. En eso consiste su incapacidad
histórica; lo que se traduce en su imposibilidad de emancipación. Por
eso berrea, hasta de modo histriónico, todas las virtudes y valores que
levanta, porque, en el fondo, son aquello que nunca ha practicado ni
desarrollado. Si reclama democracia, cuando de hecho la goza, es porque
nunca fue demócrata; su justicia nunca fue justa, así como su libertad
nunca significó liberación. El opresor no está en posición moral de
reclamar aquello que, sistemáticamente, ha negado al pueblo:
democracia, justicia y libertad.
Las oligarquías
latinoamericanas no pueden negar su complicidad en el exterminio de sus
pueblos y el saqueo de sus países. Toda nuestra historia es prueba de
esa complicidad. Ante aquella evidencia, con todo el peso histórico que
significa su descubrimiento, esgrimen una reacción insensata y, otra
vez, abrazan una confabulación antinacional y anticontinental. El golpe
en Honduras las retrata a todas. Aquella prepotencia es muestra de una
manifiesta debilidad: el débil siempre se apoya en el fuerte. Bajo su
sombra conspira. Pero lo que no puede advertir su ceguera es la
respuesta de los pueblos. En ésta se encuentra la única garantía de que
estos cambios consoliden un cambio de época. Por eso, frente a la
democracia restringida que se quiere imponer, hay que responder
contundentemente con la unanimidad democrática de la soberanía
recuperada. El poder lo ejerce, siempre y en última instancia, el
pueblo. Toda otra instancia es producto de una delegación inicial que
cede el poder originario; por eso, gobernar no es dominar sino
obedecer. La dominación sólo puede afirmarse por las armas, por eso no
hay nunca legitimidad en este ejercicio. La única posible legitimidad
se origina en el propio pueblo. Y es el único que puede, devolviéndose
su facultad original, destituir a todos quienes pretendan expropiar la
sede soberana del poder.
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