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Editorial Las palabras
globalización y mundialización parecen haberse convertido en
conceptos indiscutibles y «chicle» que de por sí conllevarían unas
positivas ideas de modernidad y competitividad, de integración y
reestructuración del mundo y de la economía y de apertura de nuevas
oportunidades. Sin embargo, más
allá de poner el acento en la formación de un mercado mundial de
bienes y capitales; de insistir en el poderío de las fuerzas
financieras y en la constitución de macro estructuras globales
y autonomizadas de financiación; en la difusión de las ciencias y de
las nuevas tecnologías telemáticas; en la reproducción de los
mismos modus vivendi y estilos de vestirse y nutrirse; etc..., lo que
más nos interesa recalcar es la polarización y el incremento de
desigualdades que crea hoy por hoy la expansión globalizada del
capitalismo. Es decir:
tenemos que pararnos a pensar un poco más acerca de las consecuencias
polarizadoras sociales y geopolíticas que estos procesos implican.
Estando claro que el análisis no puede limitarse al terreno exclusivo
de la economía, puesto que las articulaciones económica/política/cultural
son decisivas. Aún
compartiendo que la mundialización no es históricamente inédita, y
que la historia del capitalismo y de su expansión datan ya de 5
siglos, no podemos dejar de subrayar la aceleración que están
tomando los procesos de concentración y de constitución de un
sistema productivo mundializado. Los sistemas productivos nacionales
autocentrados parecen no tener ya posiciones dominantes y las
tensiones entre una economía transnacionalizada integrada en los
centros, la política, todavía enquistada en los estado nacionales,
y, sobre todo, las necesidades sociales de la gente, se han impuesto
ya como la nueva característica de la fase. Esto,
conjuntamente con los demás problemas geopolíticos, ideológicos,
organizativos y las ya citadas nuevas diferenciaciones tanto en los
centros como en las periferias, obliga a una reconceptualización y a
nuevos desarrollos de la teoría del Imperialismo. Sabemos que la
globalización económica entendida desde presupuestos neoliberales
como expansión mundial de los intercambios comerciales (concentrados
en más del 70% en los países del G7), está ‘regulada’ por un
proceso también mundial de ‘cobro de deudas externas’ y
redistribución financiera desigual, proceso que encorseta las
instituciones de los estados y contribuye a la destrucción de empleo
y de significativos sectores de actividad económica. Desde este
punto de vista, podemos interpretar la globalización actual como un
proceso de reestructuración económica cuyas «reformas» se imponen
desde las instituciones de Bretton Woods y otras de nuevo cuño como
la OMC ‘controlan’ el proceso de acumulación capitalista a nivel
mundial. Pese a la retórica generalizada, no nos encontramos ante un
sistema de ‘libre mercado’. Por el contrario, podemos entender que
tanto los ‘programas de ajuste estructural’, como la constitución
de mercados supranacionales como la Unión Europea, dan pie a la
redefinición de nuevas formas de intervencionismo. Lo que en la
jerga económica se conoce como ‘mercados emergentes’ se
basa en el derrumbamiento del sistema productivo anterior, la
privatización de las empresas estatales, el hundimiento de pequeñas
y medianas empresas u obligación de que produzcan para una
multinacional que se encarga de la comercialización y recolecta de
beneficios. Lo mismo que
hablamos a nivel de las empresas de productos manufacturados y de
servicios se puede aplicar a la producción de alimentos,
fundamentales para satisfacer la primera de las necesidades humanas:
alimentarse. Todo el proceso
de reestructuración económica apoyado en la globalización
proclama que el libre mercado de alimentos es la mejor receta contra
el hambre mundial que, por cierto, en el periodo 1994-96 aumentó
hasta afectar a 828 millones de personas, según datos de la FAO y
actualmente 840 millones según el Informe PNUD 1999. Si añadimos
las insuficiencias de micronutrientes, causa de graves enfermedades
como por ejemplo la anemia, superamos abundantemente los 1.000
millones de personas afectadas y entre 12 y 13 millones de niños
mueren cada año por los efectos acumulados de la malnutrición y las
infecciones, según la Organización Mundial de la Salud. Mientras
tanto el consumo general del quinto más rico de la población mundial
es 16 veces superior a el del quinto más pobre y la producción de
alimentos per capita aumentó en casi el 25% en el periodo 1990-97. La eliminación
de las barreras arancelarias permitiría, según este dogma, que todos
los países puedan aprovechar mejor sus ventajas comparativas y que
ello redundara positivamente en las poblaciones locales ya que, de
esta forma, se asegura, podrán comprar alimentos importados a
precios más baratos que los autóctonos. Tras la Ronda
de Uruguay del antiguo GATT, mientras los países del Sur han sido
obligados a retirar subsidios a su producción agrícola, las
subvenciones a los agricultores del Norte se han reforzado. En efecto, casi
todos los productos primarios son comercializados actualmente por seis
compañías multidistribuidoras. Por ejemplo Cargill, empresa
canadiense, factura en café una cantidad superior al PIB de
cualquiera de los países africanos donde compra el grano. También
origina más del 60% del comercio mundial de cereales. Su capacidad de
monopolio en los mercados de origen posibilita que los precios del café
tiendan a la baja. El grado de concentración es tan alto en algunos
mercados de productos primarios que, por ejemplo, las cincos mayores
empresas se repartían ya en 1997 el 77% del comercio mundial de
cereales, las tres mayores empresas exportadoras de plátanos se
reparten el 80% del comercio mundial de plátanos, lo mismo ocurre con
las tres mayores empresas que comercializan el cacao cuya cuota de
mercado asciende al 83%, similar al grado de concentración del té
que alcanza el 85%, mientras que las cuatro principales empresas de
exportación de tabaco se reparten el 87% de ese comercio (datos de
Christian Aid). Además, a
pesar de las crecientes críticas acerca de los estragos ecológicos y
las amenazas para la salud que supone, la agricultura industrial a
través de las corporaciones transnacionales y gracias a los tratados
de liberalización global de los mercados, está siendo impuesta con más
fuerza en todo el mundo y, especialmente en los últimos años, con
el impulso de la ingeniería genética. Los
funcionarios de las industrias y de los gobiernos usan la táctica de
crear alarma sobre la explosión demográfica para que se acepte una
agricultura más intensificada y dependiente de los productos químicos.
La agricultura, según esta concepción, consiste en que los
exportadores más grandes del mundo de productos agrícolas, la
Unión Europea y los Estados Unidos, produzcan industrialmente una
reducida variedad de cultivos, mientras muchos países del Sur
dependen, por un lado, en aras de la obtención de divisas , en gran
medida para el pago de la deuda externa, de la producción de
monocultivos para la exportación y, por otro, de los mercados
internacionales para abastecerse de alimentos, con el consiguiente
debilitamiento de su seguridad alimentaria y los previsibles
impactos de desintegración social. Destacamos la
activa contribución del publico asistente, numerosos los estudiantes,
y la interesantes aportaciones realizadas por los/as agricultores/as a
lo largo de las diferentes sesiones. El debate
estuvo muy marcado por la actual polémica sobre alimentos transgénicos
y, en este sentido, la coincidencia temporal del encuentro con el
debate, impuesto por las organizaciones campesinas del Sur y el
movimiento ecologista, sobre las aplicaciones biotecnológicas en la
agricultura y la alimentación ha sin dudas facilitado la asistencia y
la participación del publico. La seguridad alimentaria y los
alimentos transgénicos plantean un fuerte debate puesto que por fin
aparece explícita la enorme diferencia de intereses entre, por un
lado, la sociedad (amas de casa, consumidores, agricultores,
ecologistas, ONG para el desarrollo....) y por el otro, la industria
agroquímica y una amplia parte del aparato científico privatizado. 1. El impacto de la globalización sobre los procesos de producción y comercialización de alimentos. La globalización
se podría definir como la transformación del espacio natural en
espacio mercantil. La mundialización de la economía y la
mercantilización de la vida está agravando las desigualdades
sociales y agresiones ambientales, de tal modo que aunque en sí, la
globalización, no sea nueva, ahora su impacto es mayor, ya que
permite, por ejemplo, que empresas multinacionales hayan usurpado áreas
que antes no le eran propias. La globalización de la economía
capitalista hace que el comercio mundial se traduzca en comercio de
exclusión, donde se controla a muchos en beneficio de unos pocos. En
este papel, las mujeres y las poblaciones más desfavorecidas salen
claramente perjudicadas. Como destacó, Alice Hodgson, “la
globalización y las políticas neoliberales son ciegas con el género
pero no neutras”. De igual manera, la globalización impacta
negativamente sobre el conocimiento y la cultura de las poblaciones
locales.
La agricultura
industrial, con el objeto de aumentar la productividad o el
rendimiento de los cultivos, ha provocado graves repercusiones
socioambientales. La homogeneización del paisaje rural, la erosión
de la agrodiversidad y la pérdida de la independencia de la población
agraria son algunas de ellas. Además, la industrialización de
la producción agraria desprecia la riqueza biológica y cultural del
medio rural, ignorando muchas veces, la importancia de los ecosistemas
naturales y la sabiduría campesina. La agricultura y la ganadería
tienen unas funciones ambientales y sociales que sólo se han empezado
a valorar cuando se han perdido, por eso, sin rechazar de antemano los
avances tecnológicos, se deben tener en cuenta los costes ambientales
y ecológicos y la socialización de los posibles beneficios. Brasil, en
general toda Latinoamérica, es un ejemplo claro de que un sistema
injusto de propiedad de la tierra lleva a una falta de alimentos para
la población. En este sentido destacamos como las élites de
numerosos países del Tercer Mundo han optado por un modelo agrícola
basado en el fortalecimiento de la gran propiedad y los productos de
exportación. Un modelo que necesita gran cantidad de mano de obra
barata y de materias primas también a bajo precio. Un modelo de
desarrollo en el que no se tiene en cuenta a las fuerzas productivas
locales y que ha provocado graves problemas sociales y ambientales.
Como se podrá ver en su contribución que publicamos, la alternativa
que el Movimiento de los Sin Tierra propone es una reforma agraria que
va más allá del mero reparto de tierras y que busca un modelo
agrario que no suponga dependencia, explotación ni sumisión y que
implique a toda la sociedad. El agua es un
recurso básico para la vida y escaso en algunas partes del Planeta,
que las actividades humanas degradan. En la actualidad, la
industrialización de la agricultura es el principal responsable de la
sobreexplotación de los recursos hídricos, de hecho la agricultura
moderna consume el 70% del agua dulce destinada a usos humanos.
El impacto de
la globalización y del modelo de desarrollo hegemónico sobre la
población local ha tenido como respuesta, sobre todo en los países
del Sur, el desarrollo de innumerables experiencias alternativas de
contraposición al modelo dominante. Se hace difícil poder hacer una
síntesis global de todas las ponencias, razón por la que preferimos
invitaros a la lecturas de los textos que publicamos a continuación y
que son los trabajos más interesantes presentados en el Encuentro. Notas: |