El concepto "moderno" de recuperar y promover la significación de lo urbano -con la calculada apariencia de fortalecer lo público-, no es gratuito ni corresponde al deseo cívico de progreso, como pudiera pensarse a propósito del modelo de desarrollo desigual impulsado en la última década por las administraciones de algunas capitales latinoamericanas. El crecimiento selectivo de las urbes ha sido estimulado por la necesidad de territorializar aspectos claves de la globalización neoliberal, relacionados con la aspiración de servir los intereses expansionistas del mercado y sus proyectos de acumulación de capital. En ese sentido, las ciudades han crecido dándoles la espalda a los requerimientos vitales de sus ciudadanos, para favorecer las expectativas de inversionistas extranjeros, mediante la construcción de estructuras complacientes que estimulan el asentamiento transitorio del modelo rentista y la presencia de capitales golondrina.
Para citar un caso específico, que
está siendo repetido en otras ciudades colombianas y del cono sur,
Bogotá ha orientado su proceso urbano en las tres últimas
alcaldías -dos de Antanas Mockus y una de Enrique Peñalosa-,
hacia una concepción elitista del desarrollo físico: ciudad
supuestamente "espaciosa y moderna", y un criterio neoinstitucional de
su status administrativo: modelo aparentemente "eficiente y pequeño",
en los que la ética de la coexistencia fue reemplazada por la lógica
de la competitividad. Esto quiere decir que tanto Mockus como Peñalosa
puestos allí no "por el voto independiente", sino por grandes intereses
corporativos y mediáticos para adormecer las tensiones sociales
bajo un concepto materialista del espacio
público, y controlar, desde
una visión ilusa de la semiótica cultural los desequilibrios
políticos, dedicaron sus esfuerzos a ejecutar una propuesta de ciudad
atractiva a los bolsillos de los especuladores y rentistas de otros lares.
Hay en la conducta pública de estos dos alcaldes, una proyección de lo que el sociólogo alemán Max Weber clasificó como acción racional (1), que tiene como ética el valor supremo de la competitividad. Es un poco la transposición al manejo de lo público de esa racionalidad del mercado, en la que la competitividad y la eficiencia se transforman en los paradigmas que deciden sobre la validez de los demás valores. En términos del economista Franz Hinkelammert (2), en la acción racional la eficiencia y la racionalidad son considerados los aportes superiores de la competitividad. "Así, el trigo, aunque alimente, no debe ser producido si su producción no es competitiva (...) una cultura humana que no produce tiende a desaparecer. Niños que previsiblemente no podrían hacer un trabajo competitivo, no deben nacer. Emancipaciones humanas que no aumenten la competitividad, no deben realizarse".
Tanto en Mockus como en Peñalosa, el discurso de espacio público está atravesado por esta dimensión racionalista y, por tanto, sensiblemente divorciado de la definición clásica de ciudadanía democrática. En ésta, la utilización de los espacios y el disfrute de todas sus expresiones simbólicas, están asociados a la elevación del nivel cultural y al fortalecimiento de los valores identitarios y comunitarios, desde las ricas representaciones que el imaginario colectivo crea a partir de contextos culturales, políticos, estéticos y sociales grabados en su memoria histórica y que se constituyen a partir de un tejido de matices, detalles y conjuntos humanos y naturales que interactúan para "fijar" en el recuerdo de las gentes la ciudad deseada. En la actualidad la calidad del espacio público democrático, está siendo interferida por consideraciones de orden mercantil y afectada por expectativas e intereses elitistas.
Es evidente, que Bogotá ha sido
"ampliada y adoquinada", pero con arreglo a fines lucrativos y mercantiles,
con preocupante abandono de lo social. Bajo la concepción
racionalista de estos alcaldes -que es una forma de violencia simbólica-,
no se puede hacer vivienda para los sectores populares, porque su gente
no es productiva; no es posible dejar a cargo del Estado la
formulación y la provisión
de los bienes y servicios públicos, "porque éste no es competitivo".
Es la misma concepción funcionalista con la que asumieron la disolución
de los "nudos" formados por la gente en las vías públicas,
toda vez que esta tendencia cultural a reunirse en la calle, "afecta la
movilidad productiva de la vida urbana", "tesis" que se estrenó
con un criminal desplazamiento de vendedores ambulantes por el entonces
Alcalde Andrés Pastrana, de cuya corrupción e ineptitud históricas
-tanto en la Alcaldía Mayor como en la Presidencia de la República-
se hacen lenguas los más diversos sectores sociales del país.
Así, los dos alcaldes generaron las condiciones favorables y los escenarios de exclusión para que españoles y chilenos se adueñaran de la empresa de Energía, los franceses del sistema de tratamiento de aguas, los mexicanos se hicieran al contrato multimillonario de la reparación de la malla vial y el consorcio privado Transmilenio se apropiara de las enormes utilidades de su "servicio" con el usufructo de las costosas troncales construidas con los impuestos de los bogotanos. Al tiempo que Mockus en un acto de piedad, que no suele tener con sus empleados del Distrito les dejó -quietos allí- más de trescientos mil millones de pesos a las Corporaciones Financieras durante los tres años de su primera alcaldía, para que éstas en contrapartida le pavimentaran la avenida de su reelección, Peñalosa generó en su apresurado interés de proyectarse en las obras de cemento y de ladrillo un multimillonario detrimento patrimonial al erario del Distrito, que hoy investigan la Procuraduría General de la nación y la Contraloría de Bogotá. El interés público fue literalmente sustituido por el interés particular preñado de corruptela. Endesa, Ica, Degremont S.A., Lyonaisse des Eaux, Sofremy y Aseo Capital (en la que es accionista la familia Pastrana), entre otras muchas más, son las principales empresas multinacionales que se establecieron en la ciudad en la última década y se adueñaron de la infraestructura ya existente en los servicios públicos e iniciaron una expoliación despiadada de las clases medias y populares. Los tres períodos en que estos alcaldes han administrado a Bogotá han traído como consecuencia un festival de privilegios al capital financiero y especulativo, al tiempo que la deuda pública externa se ha triplicado. Aquí estamos, no cabe duda, frente a una concepción instrumental de la racionalidad. Hay sangre en el agua y los tiburones se vuelven locos.
Al analizar los factores de la crisis de la capital colombiana, el investigador Francisco Cabrera (3), a través de un amplio examen de indicadores sociales y de la concentración de la riqueza, señala que Bogotá es "el testimonio vivo más elocuente del fracaso del modelo `peñalosa-mokusciano´, en la medida en que no sirve a los intereses democráticos de la nación ni a la inmensa mayoría de la población; el impacto de la apertura sobre el empleo en la capital del país ha sido devastador". Los datos más recientes divulgados por el DANE indican que en febrero de 2002, 700 mil bogotanos, es decir, el 21,1% de las personas en edad de trabajar, no tenían empleo, circunstancia derivada de la quiebra del aparato productivo y de la incapacidad de éste para asimilar la nueva fuerza laboral que se incorpora al mercado del trabajo. El subempleo, revela también la incapacidad de las políticas prevalecientes para desarrollar la producción y brindar fuentes de trabajo; en enero-febrero de 2002, un millón ochocientas mil personas, o sea el 32,2% de los bogotanos en edad de trabajar, se encontraban en esta categoría. Las cifras sobre la pobreza en Bogotá, íntimamente relacionadas con las anteriores, también desmienten las afirmaciones de que en la ciudad se ha elevado la "calidad de vida". En los últimos cinco años el empobrecimiento de los bogotanos ha sido dramático. En 2000, de una población total de 6.437.842 habitantes, 3.193.170, 49,6% se encontraban en la pobreza y 959.238 -el 14,9%- vivían en la miseria. He allí el milagro de la llave Peñalosa-Mockus, que ha querido que en Bogotá "todos estemos del mismo lado".
El tabloide popular HOY, de la casa editorial El Tiempo, bajo el titular `¿Mockus quiere silenciar la prensa?´, (13-09-02) al protestar por la persecución desatada por la administración Distrital contra los vendedores ambulantes, dice: "Derroche con los teléfonos celulares, costosos fiascos por errores en la estrategia de las zonas azules, ineficiencia con millonarias inversiones en el Acueducto, penurias de los empleados del Distrito por el recorte de salarios, ataques de celos entre Alcalde y ex alcalde, pavorosas amenazas de las pandillas en la ciudad, persecución a los trabajadores a través de la reforma laboral, negligencia en el Sisbén, secreta intención de arrendar hasta la séptima. Estas han sido las denuncias de HOY en cumplimiento de su deber de fiscalizar el poder y defender a los más débiles. Y todas han llegado a los ciudadanos a través de los voceadores de prensa. Los mismos que el alcalde Antanas Mockus amenaza sacar de las calles". Entre tanto, en una hermenéutica que armoniza con la visión autoritaria que rige en la Casa de Nariño, les ha quitado subsidios y primas -antiguas conquistas de los trabajadores-, a los empleados distritales que aún quedan, porque invertir en el bienestar de la gente "no es gasto eficiente".
Peñalosa y Mockus, sin duda, clasifican con sobrados lauros en la tecnocracia neoliberal más retardataria, y Antanas agregaría a esta distinción su doctorado en la galería universal del despotismo ilustrado. Herederos -postmodernos- de las filosofías pragmática y utilitarista de los siglos XVIII y XIX, el primero considera que la utilidad es el principio de todos los valores en el ámbito de la acción, mientras que el segundo dice lo mismo pero en el terreno del conocimiento (4). No en vano los dos fueron cooptados por el capital internacional, rodeados de un club de inmigrantes felices en el que descuellan Blomberg, Sudarsky, Flamboim -asesorados desde la teoría neoinstitucional por Hommes y Kalmanovitz.
Como en una carrera de relevos los dos se han turnado la posta en el diseño y construcción de un modelo de ciudad, al que le resbalan los problemas sociales de los ciudadanos, y de cuyo ejercicio esperan que la gente respete la ley, admire la eficiencia del Estado y del gran capital para acumular poder y ganancias; los seres humanos son vistos como objetos, no como sujetos de derechos, "como si el castigo hubiera tenido siempre por destino dar ejemplo" (5). En concepto de estos dos iconos de la tecnocracia -y no hay conceptos inocentes, dice Houtart(6)-, las contradicciones de clase se resuelven ampliando el espacio público, "porque la única diferencia entre un rico y un pobre es que el primero puede jugar golf y disfrutar sus bienes los fines de semana, mientras los pobres no necesitan sino de un buen parque para paliar sus angustias"(7). Es evidente para el criterio de cualquier observador que este modelo ha buscado la transformación del aparato estatal distrital y del desarrollo de la ciudad para consolidar la hegemonía del neoliberalismo, cuya finalidad como tantas veces se ha dicho es hacer más ricos a los ricos y más pobres a los pobres. *Analista político, Investigador social., escritor.
1. Weber, Max: "Conceptos sociológicos
fundamentales", en Weber Max: Economía y Sociedad, pag 24
2. Hinkelammert, Franz: "El retorno del
sujeto reprimido", pag 14
3. Cabrera, Francisco: "¿Cuál
milagro bogotano?", revista Deslinde Nº
31 junio-agosto 2002.
4. Sarmiento Anzola, Libardo: "Tecnocracia,
fascismo neoliberal e ingeniería social", artículo inédito
para Le Monde Diplomatic 2002.
5. Foulcault Michel: "Microfísica
del poder", pag 15.
6. Houtart, François: "Hacia una
sociedad civil globalizada", documento de trabajo, Cátedra Camilo
Torres, Universidad Nacional de Colombia, Facultad de Derecho, Ciencias
políticas y sociales.
7. Peñalosa Enrique: entrevista
Diario El Espectador, marzo 3 de 2000.